"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

30 de enero de 2011

La Liturgia no es una parodia y la asamblea no debe sociologizarse, su centro es Jesucristo en persona


El próximo 19 de junio, domingo de la Santísima Trinidad, el papa Benedicto XVI hará una visita pastoral a la República de San Marino, unO de los más pequeños estado del mundo, enclavado dentro de Italia, con una superficie de 61 kilómetros cuadrados (poco menos de la tercera parte de la ciudad de Buenos Aires).

     El último viaje de un Papa a esta tierra fue, hace 29 años, el de Juan Pablo II el 29 de agosto de 1982, durante su visita a todas las diócesis de la región pastoral de Emilia-Romagna.
 

     Al conocerse la noticia de la visita del Papa, el periódico “La Voce di Romagna” le hizo una interesantísima entrevista al obispo Luigi Negri, en la que el prelado manifestó que “el Papa Benedicto está siendo obstaculizado en su propósito de ‘reformar la reforma’ de la liturgia, por “fuerzas negativas de resistencia”.


     Monseñor Negri es obispo de San Marino y también de Montefeltro, con lo que su jurisdicción pastoral se extiende a 800 kilómetros cuadrados.

     El texto de la entrevista periodística fue difundido por la agencia internacional Zenit, de Roma.

Lenta “socialización” de la Liturgia

     -Excelencia, si el rasgo característico de este pontificado es la relación entre fe y razón: ¿por qué insistir en la liturgia?

     -La liturgia es la vida de Cristo que se realiza en la Iglesia e involucra existencialmente a los cristianos. La liturgia no es simplemente un culto que se eleva desde el hombre a Dios, como en la gran mayoría de las formulaciones religiosas naturales.

     La liturgia es el amplio realizarse del acontecimiento de la vida, pasión, muerte y resurrección del Señor que toma forma en el organismo sacramental e involucra a los cristianos en un sentido sustancial y fundamental, haciéndolos pertenecer a Cristo y a la Iglesia a través de los sacramentos de la iniciación cristiana, y luego los acompaña en las grandes opciones y en las grandes etapas de su vida. En las grandes opciones vocacionales –matrimonio, orden– o en las etapas de la vida.

     Ahora bien, la liturgia defiende la facticidad de Cristo y de la Iglesia. Por eso agradezco al profesor De Mattei por su extraordinario libro sobre la historia del Vaticano II y las páginas dedicadas a denunciar un lento e inexorable socializarse de la liturgia, ya antes del Concilio: como si el valor de la liturgia estuviese en la posibilidad de que el pueblo cristiano participara activamente en un acontecimiento que era luego vaciado, de hecho, de su sacramentalidad y terminaba por ser una iniciativa de sociabilidad católica.

     Yo creo que en la liturgia se juega la verdad de la fe porque se juega la gran alternativa que Benedicto XVI puso al comienzo de la “Deus caritas est”: el cristianismo no es una ideología de carácter religioso, no es un proyecto de carácter moralista, sino que es el encuentro con Cristo que permanece y se desarrolla en la vida de la Iglesia y en la vida de cada cristiano.

     La liturgia hace presente el hecho de Cristo en el flujo y en el reflujo de las generaciones: “Hagan esto en memoria mía”. Yo creo que también la defensa de una conciencia exacta del dogma depende de la verdad con que se vive la liturgia. En este sentido, desde siempre la Iglesia afirmó que “lex orandi, lex credendi”: es la ley de la oración que hace nacer la ley de la fe pero sobre todo que la vigila de manera adecuada y positiva.

     Dos aspectos me parecen centrales en el libro de Ratzinger “Teología de la liturgia”: la prevalencia lamentablemente verificada de un sentido de la Misa como asamblea, “suceso de un determinado grupo o Iglesia local”, cena; por lo tanto, la participación entendida como el actuar de varias personas que, según el autor, se transforma a veces en parodia.

     Y luego la celebración hacia el pueblo que, por una serie de malentendidos y malas interpretaciones “se presenta hoy como el fruto de la renovación litúrgica querida por el Concilio”, escribe el Papa. Consecuencias: la comunidad como círculo cerrado en sí mismo y una clericalización nunca antes vista donde todo converge en el celebrante.

     Yo estoy de acuerdo en que el Papa deberá continuar una “reforma de la reforma” litúrgica del Concilio, usando una expresión de don Nicola Bux. Pero, hay que decirlo con gran claridad, al Papa le está costando hacer esta “reforma de la reforma”. Existen tendencias negativas de resistencia, ni siquiera tan pasiva. La reforma litúrgica después del Concilio la mayoría de las veces se llenó de pseudo-interpretaciones o hizo valer casos excepcionales como norma –basta pensar en el problema de la lengua o el de la distribución de la Comunión en la mano-. Hubo auténticos “golpes” de las conferencias episcopales frente a Roma.

     Ciertamente hubo una debilidad de la reacción vaticana, probablemente debida a tensiones y contra-tensiones incluso dentro de las estructuras que debían regular la interpretación exacta y la aplicación del Concilio.

     Aun teniendo presentes estos datos condicionantes a los que un gobierno de la Iglesia debe hacer frente en forma realista, la alternativa es entre una sociologización de la liturgia –como decir, un funcionamiento adecuado de las leyes y de los comportamientos de la comunidad cristiana reunida para celebrar la Eucaristía, que se convierte en el sujeto de la celebración eucarística antes que en su interlocutor privilegiado– y el volver a traer al centro al verdadero sujeto de la celebración eucarística, que es Jesucristo en persona.

     La estructura de la tradición litúrgica, así como la Iglesia del Concilio la ha recibido, salva los derechos de Cristo y la presencia de Cristo. Entonces todo esto que se hace para agotar o reducir la conciencia de la presencia de Cristo en beneficio de la modalidad con que la comunidad está presente, es una pérdida del valor último de la liturgia, del valor ontológico, diría don Giussani, y por lo tanto, metodológico y educativo.

     En el tiempo en que entraba en vigor por primera vez la reforma del Concilio Vaticano II, una altísima personalidad vaticana –no puedo decirle cuál pero es cierto, porque lo he leído con mis propios ojos– escribió que así finalmente la celebración de la Misa volvía a ser “una sana palestra de sociabilidad católica”.

     -¿Me puede decir, al menos, si estaba unos escalones más arriba que monseñor Bugnini?

     -Muchos escalones más arriba que monseñor Bugnini.

Faltan las normas aplicativas del Motu Proprio

     -En Italia, salvo excepciones, obispos y superiores de órdenes religiosas se opusieron a la aplicación del Motu proprio: lo declaró el vicepresidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei al año de Summorum Pontificum, con que Benedicto XVI “liberalizó” la liturgia tradicional tridentina. Una denuncia muy fuerte de desobediencia del episcopado italiano. ¿En qué punto estamos en la aplicación del Motu proprio? En su diócesis, ¿hay celebraciones de la liturgia en la forma extraordinaria del Misal Romano de 1962?

     -Yo he tratado de aplicar, además de recibir y explicar a mi clero el sentido profundo de este Motu proprio que, en mi opinión, es una posibilidad dada a quien quiere en la Iglesia valorizar una riqueza más amplia y articulada de la que está a disposición de todos. Es como si el Papa hubiese reabierto la posibilidad de una celebración litúrgica que el individuo y el grupo siente más acorde a su deseo de crecimiento y a sus principios. Sin embargo, debo decir que faltaron hasta ahora las normas aplicativas que estamos esperando desde hace años.

     Básicamente, por lo que se puede hacer hoy, allí donde el obispo ha obedecido, como en mi caso, se celebran no muchas sino todas aquellas Misas que han sido pedidas, según la modalidad precisamente identificada por el Motu proprio.

     Cuando antes dije que al Papa le resulta difícil hacer pasar la “reforma de la reforma” tenía precisamente en mente un Motu proprio del que faltan, a más de tres años de su promulgación, las dimensiones aplicativas.

     Pero me parece que el rechazo, la resistencia, han sido no tanto sobre el Motu proprio sino más bien sobre el hecho de que la reforma litúrgica del Vaticano II, así como los textos son interpretados y como la liturgia se ha ido determinando, parece que no pueda ser puesta en discusión.

     La resistencia es sobre la posibilidad misma, que en cambio el Papa abrió, de tener otras formas de aplicación de la vida litúrgico-sacramental: esto está en cuestionamiento, no las aplicaciones.

     Mientras que el Papa dijo: hay una riqueza litúrgica sacramental a la que toda la Iglesia, si quiere, puede acceder, sin que todo sea reconducido a una sola forma; en mi opinión, hay un amplio estrato de los eclesiásticos que considera que, en cambio, la reforma del Concilio Vaticano II arrasó con todo lo que estaba antes.

     Es la hermenéutica de la discontinuidad sobre la que el Papa intervino con mucha claridad y decisión.

Necesitamos un sincero entusiasmo misionero

     -Según un sondeo de Doxa, el 71% de los católicos encuentra normal que en su parroquia convivan las dos formas del rito romano, tradicional y nuevo. El 40% de quienes van a misa todos los domingos, si la tuviesen en la parroquia, preferirían ir todas las semanas a la misa de San Pío V. ¿Cómo comenta estos datos, que deben ser tomados con cuidado como toda encuesta?

     -Sigo siendo de la opinión que, más allá de estos datos, hoy la Iglesia debe estar muy disponible para ofrecer formas y modos de participación en la vida de Cristo que correspondan en su diversidad a la inevitable diversidad que existe entre los hombres y entre los jóvenes.

     Creo que nos debe animar un sincero entusiasmo misionero. En un momento en que las iglesias se vacían y hay tantas dificultades para una percepción adecuada del misterio de Cristo y de la Iglesia, todo lo que pueda facilitar debe ser utilizado, ¡pero no para afirmar las propias opciones ideológicas! El choque tradicionalismo-progresismo no tiene ya razón de ser, y de esta superación estamos realmente en deuda con Benedicto XVI. Son contraposiciones ideológicas que hipostatizan puntos de vista, sensibilidades, formas, en lugar de preguntar qué sirve más a la misión de la Iglesia y, por lo tanto, a su tarea educativa.

Don Giussani tuvo dificultades en interpretar el Vaticano II

     -¿Cómo celebraba la Misa don Luigi Giussani? ¿Cuál era su pensamiento sobre la liturgia y cómo recibió la reforma?

     -He visto a Giussani celebrar según el rito de san Pío V: lo celebraba con la conciencia profunda de ser protagonista de un hecho de gracia que abría al corazón y a la vida de los hombres. Y lo vi celebrar según la liturgia reformada, del mismo modo. Giussani iba a lo esencial y, por naturaleza, no estaba inclinado a subrayar excesivamente los particulares.

     No puedo decir cómo reaccionó a la reforma porque no recuerdo que hayamos hablado de esto,
ni entre nosotros dos, aunque habíamos tenido centenares de horas de diálogo sobre todos los problemas de la vida de la Iglesia y de la sociedad, ni públicamente. Pero la imagen de la liturgia que tenía está contenida en aquel bellísimo librito “Dalla liturgia vissuta, una proposta”.

     Creo que tanto la liturgia tradicional como la liturgia reformada, si se mantienen en la identidad que le es reconocida por el magisterio, pueden favorecer que una vida se convierta en propuesta de vida: la liturgia es una vida, la vida de Cristo con los suyos, que se convierte en propuesta de vida.

     No creo que Giussani estuviese dispuesto a morir para salvar la liturgia de san Pío V, pero no creo tampoco –por lo que lo he conocido en cincuenta años de convivencia– que dijese inmediatamente que la liturgia del Vaticano II fuese la mejor posible. Más bien creo que, como sobre otras cuestiones del Concilio Vaticano II, tuvo algunas dificultades interpretativas, como ahora es reconocido por parte de la gran mayoría de los pastores y de los teólogos inteligentes. Tan cierto es que, después de cuarenta años, Benedicto XVI dice que comienza ahora una verdadera interpretación del Concilio.

Obispo de una “diócesis de opereta”

     -En estos días usted ha sido objeto de la observación de un periodista, en un periódico laico, sobre la desproporción entre su personalidad –“punta de diamante”- y la diócesis que le ha sido confiada, definida como “diócesis de opereta”.

     Estoy agradecido a este periodista por los elogios, un poco inmerecidos, que me ha hecho, no sólo en este caso sino también en otros momentos. En los tortuosos caminos que terminan en la provisión de una determinada iglesia particular, o bien de una responsabilidad también central en la conducción de la Iglesia, nadie, y menos yo, es tan ingenuo como para no saber que hay movimientos, contra-movimientos, reacciones, contra-reacciones, intereses, que tienen un gran peso.

     Yo mismo escribí algo sobre el carrerismo en mi columna “Opportune et importune” en Studi Cattolici, por eso toda esta fenomenología de una presencia de actitudes políticas no me resulta tan excepcional o escandalosa. Soy de aquella generación de sacerdotes y de obispos que considera que, de todos modos, finalmente, y sobre todas estas corrientes, contra-corrientes, amistades, vetos cruzados, está la voluntad de Dios interpretada por el Santo Padre.

     Cuando el Santo Padre te llama, puedes estar seguro de que es Dios quien te llama, y si te llama a la realidad a la que te llama, es porque Dios considera que es lo mejor para ti en ese momento. Es con este estado de ánimo, muy abandonado a la voluntad de Dios y muy alegre, que soy obispo de una diócesis definida “de opereta” por alguno; pero creo haber llevado esta diócesis a una presencia y una visibilidad en el contexto eclesial y social italiano, y no sólo.

     -Por otra parte, muchos nombramientos van a personas no siempre a la altura de las responsabilidades a ellos confiadas, un problema grave hoy, cuando la Iglesia debería dar el máximo en la propuesta cultural y pastoral. Excelencia, ¿no cree que esto es un freno o un impedimento para la misión de la Iglesia?

     Pero aquí monseñor Negri no responde y cierra el diálogo. Me mira profundamente con sus ojos claros y hace silencio. Es el día de santa Lucía, la tarde está por ceder a la “noche más larga”. En Domagnano descienden los primeros copos de nieve. En cambio más arriba, en Rímini, todo se funde en agua.

Fuente: AICA


1 comentario:

  1. MR BEAN30.1.11

    LAMENTABLEMENTE HAY MUCHAS PQUIAS DONDE SE HAN CAMBIADO LOS SIGNOS LITURGICOS POR CUESTIONES SOCIOLOGICAS PORQUE AL PUEBLO SE LE GUSTA COSI ¿Y QUIEN ES EL PUEBLO? ALGUNOS COMUNISTAS QUE SE HACEN LLAMAR CATOLICOS Y QUIEREN DESTRUIR LA LITURGIA PERO SE SOPORTA PORQUE ENSEGUIDA TE ENDILGAN LA TOLERANCIA ¿QUE TOLERANCIA? QUE RIDICULO CREEN QUE PUEDEN HACER LO QUE SE LES OCURRA CON CARTA BLANCA SE HACEN LOS PALADINES DEL DIALOGO Y SON UNOS ZURDOS AUTORITARIOS DISFRAZADOS DE OVEJAS

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