Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa con los niños que hicieron la primera comunión durante el año (Iglesia Catedral, 8 de diciembre de 2010)
Queridos chicos: Hoy festejamos a la Virgen María, la Inmaculada Madre de Dios. Nos alegramos con ella y la felicitamos porque Dios la eligió para ser su Madre y por eso la hizo llena de gracia. También festejamos que ustedes este año han hecho su primera comunión; es decir: empezaron a participar plenamente de la Santa Misa recibiendo el Cuerpo y la Sangre de Jesús, el alimento de nuestra vida cristiana. Con la primera comunión ustedes completaron la iniciación cristiana; ahora pueden llevar una vida eucarística, porque cada domingo –si están en gracia de Dios- pueden unirse a Jesús en la comunión.
En los tres años de catequesis ustedes aprendieron muchas cosas que Jesús nos enseñó. Se hicieron discípulos suyos. Se llama discípulo a la persona que aprende de un maestro, es dirigida por él y lo sigue con amor. Ustedes empezaron a conocer a Jesús y también empezaron a ser amigos suyos. ¿Qué saben de Jesús? Saben, por ejemplo, que él es el Hijo de Dios que vive desde toda la eternidad con el Padre y el Espíritu Santo; que vino a la tierra, se hizo hombre y fue niño como ustedes –hijo de la Virgen María-. Saben que nos habló del Padre y nos enseñó el camino que lleva a él. Saben que Jesús murió por nosotros, para que se nos perdonen los pecados, y que resucitó para darnos la gracia que nos hace hijos de Dios. Jesús nos dejó al Espíritu Santo para que nos ilumine y nos guíe con sus dones.
Ustedes son discípulos y amigos de Jesús. ¡Qué grande es esto! Pensemos un poco qué significa ser amigos de Jesús. Quiere decir que creemos en él y en todo lo que nos enseñó, que lo queremos mucho, que estamos agradecidos porque él nos amó primero y nos eligió para que seamos sus discípulos y amigos. La amistad con Jesús se parece a la que podemos tener con otros amigos, pero también es muy distinta; es misteriosa y mucho más importante. Jesús es un amigo que no falla, que nunca nos va a olvidar o a traicionar. Nosotros tenemos que preocuparnos de no olvidarlo ni fallarle a él. Poco a poco vamos aprendiendo a tratar con él, a hablar con él. Eso es la oración: hablar con él, a veces usando las oraciones que aprendimos de memoria, a veces usando nuestras propias palabras para conversar familiarmente con él, como lo hacemos con nuestros amigos. Pero la amistad pide que también escuchemos al amigo: quedándonos en silencio, leyendo el Evangelio, atendiendo en la Misa al sacerdote que predica. Sobre todo cuando comulgamos tenemos que aprovechar ese momento, sin distraernos, para conversar con Jesús y para escucharlo, porque a veces nos habla sin ruido de palabras, nos habla directamente al corazón.
Queridos chicos: quiero decirles otra cosa más. Si somos amigos de Jesús, si estamos contentos con serlo, nos tiene que gustar que otras personas lo conozcan y se hagan amigos suyos. A ustedes Jesús los eligió para que estén con él y para que cuenten a otros qué bueno es eso. Jesús quiere que sus discípulos y amigos sean también sus misioneros. Quizá ustedes oyeron que hay muchos hombres y mujeres que dejan su patria y van a países lejanos para llevar el mensaje de Jesús. En realidad, todos los cristianos tenemos que ser misioneros y para eso no hace falta irse lejos. Ustedes también tienen que ser misioneros: misioneritos y misioneritas de Jesús. ¿Dónde? ¿Cómo? En la propia casa, por ejemplo, contándoles a sus padres y a sus hermanos lo que aprendieron en la catequesis, recordándoles que los domingos tienen que ir a Misa todos juntos, en familia. En el colegio, en el barrio, en el club, donde sea, tienen que ser misioneros para que otros chicos se acerquen a Jesús; pueden hablarles de él, llevarlos a la iglesia, pueden darles buen ejemplo y ayudarlos en lo que necesiten. Recuerden siempre esto y repítanlo interiormente: soy amigo y misionero de Jesús. Ahora lo repetimos en voz alta, todos juntos: ¡soy amigo y misionero de Jesús!
Que María, la Virgen Inmaculada, los ayude a mantener esa decisión, los bendiga y los proteja siempre.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Fuente: AICA

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