"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

7 de octubre de 2010

Gustemos alegres de la sobria ebriedad del Espíritu Santo


Cuando san Lucas presenta al Espíritu Santo en el Libro de los Hechos (2) lo hace transmitiendo la Tradición Apostólica, es decir, que el Espíritu Santo es Dios. Entonces, así como los autores sagrados judíos describen a Yahvé en el Antiguo Testamento, con teofanías que promueven eventos cósmicos y naturales; así como el mismo Lucas y los demás evangelistas describirán a Jesús en su humanidad y en su divinidad desde el evento que cambió la historia humana: la muerte y resurrección del Señor; asimismo Lucas refleja que el Espíritu Santo, la ruaj ha kodesh (3) que para los judíos era parte de la naturaleza de Dios es mucho más que eso: es Dios mismo, lo que la Iglesia descubrirá como la Tercera Persona de la Trinidad. Para ello el evangelista ubica el derramamiento original de Pentecostés en una teofanía armoniosa que nos comunica una verdad esencial: El Espíritu Santo desciende hacia la Iglesia, se introduce en la humanidad y es manifestado.

La glosolalia (hablar en lenguas), es una manifestación espiritual que excede en mucho los límites de la cristiandad, se encontraba ya en las reuniones místicas de los antiguos griegos, los llamados “tiasos” o cofradías dedicadas a Dionisio (4) en que se asociaba al consumo de vino. De hecho, san Pedro alega en el relato bíblico: Estos hombres no están ebrios, como ustedes suponen, ya que no son más que las nueve de la mañana” (5); y san Pablo exhorta a los corintios a tener orden y decoro en las reuniones comunitarias: ¿Acaso la Palabra de Dios ha salido de ustedes o ustedes son los únicos que la han recibido? Si alguien se tiene por profeta o se cree inspirado por el Espíritu, reconozca en esto que les escribo un mandato del Señor, y si alguien no lo reconoce como tal, es porque Dios no lo ha reconocido a él. En conclusión, hermanos, aspiren al don de la profecía y no impidan que se hable en un lenguaje incomprensible (glosolalia). Pero todo debe hacerse con decoro y ordenadamente.” (6)
                
Por supuesto que la glosolalia no es la única manera de manifestar esta ebriedad del Espíritu, sino que son innumerables las operaciones, ministerios y dones que nos ha traído el Don con mayúsculas del Espíritu Santo en el bautismo y la confirmación. Pero la invitación benedictina será siempre la misma: gustemos alegres de la sobria ebriedad del Espíritu Santo. La Liturgia, que es testigo preferencial de la Tradición nos ayuda a la hora de vivenciar la Palabra de Dios: “La Liturgia ha acertado a realizar ese esfuerzo supremo, ese arte maravilloso que permite a la criatura expresar en toda su plenitud lo más intimo de su vida espiritual y, a la vez, celar discretamente sus más recónditos secretos: secretum meum  mihi. El alma puede expansionarse libre y jubilosamente sin el temor ni riesgo de ver profanados, en peligrosa exhibición sus misteriosas y no publicables intimidades” (7).

Romano Guardini describe en forma genial como la Liturgia cuando está bien desarrollada no se pierde en emocionalismos que terminen ridiculizando a las personas y, desgraciadamente, sometiéndolas a una esclavitud permanente a los mitos fantásticos en contraposición a la fe verdadera. En la Liturgia otra vez nos encontramos con la sabiduría benedictina y su relación entre sobriedad y ebriedad espiritual.

Por otro lado, el Evangelio según san Juan nos muestra un relato de la Pasión que nos presenta a Jesús siendo dueño de las situaciones a pesar del intenso sufrimiento por el castigo recibido. Así habla con Pilatos luego de ser azotado y coronado de espinas (8), así es como crucificado encarga al discípulo amado el cuidado de su Madre (9). Acá nos encontramos con otra relación muy valiosa: el dominio propio en el sufrimiento. Jesús no se desespera, Él es el Señor de su propia vida, aun siendo entregado por nosotros y los pecados de la humanidad. La muerte de Jesús es graficada por Juan relacionando al sufrimiento con la nobleza: El Señor de todos es Señor de sí mismo.                   

Ser sobrios en la ebriedad espiritual es tan necesario y trascendente como ser nobles en el sufrimiento corporal. El dominio propio, la nobleza, el señorío sobre los propios actos y la responsabilidad personal son fundamentos de una espiritualidad sana, la cual no consiste en espectacularidades sino, al contrario, en una vida que aspira a la santidad. (PCD).

(1)   El título de esta editorial se encuentra en un himno del Breviario Benedictino: “laeti bibamus sobriam ebrietatem Spiritus”.
(2)   Cf. Hch 2,1-13
(3)   La ruaj ha kodesh, en hebreo es femenino y significa “soplo santo”
(4)   Dionisio es Baco para los romanos
(5)   Hch 2,15
(6)   I Co 14,36-40
(7)   Romano Guardini, “El Espíritu de la Liturgia”, Buenos Aires, Ágape, 2005, p. 27-28
(8)   Cf. Juan 19,1-11
(9)   Cf. Juan 19,25-27  

Editorial de Prensa Cristiana Digital N° 31, octubre 2010 

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