"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

6 de octubre de 2010

"Expectativas de la Prensa Católica" por Jaime Coiro (texto completo)

Jaime Coiro

Director de Comunicaciones y Prensa de la Conferencia Episcopal de Chile

Congreso de Prensa Católica. PCCS, Roma, 5 de octubre de 2010

Agradezco a los organizadores de este Congreso que hayan pensado en este servidor en la tarea no fácil de sustituir al Padre Carlos Arturo Quintero, secretario ejecutivo del Departamento de Comunicación del CELAM (Consejo Episcopal de América Latina y el Caribe) en la presentación de las expectativas de la Prensa Católica desde la realidad de nuestro continente. Yo vengo de Chile, una tierra en el último rincón del sur del mundo. Habrán oído hablar de mi patria en los últimos meses por un devastador terremoto y maremoto que remeció a la mitad de la nación. También muchos de ustedes habrán conocido la dramática situación de 33 mineros, 32 de ellos chilenos y un hermano de nacionalidad boliviana, que se encuentran atrapados en la mina San José, en el norte de nuestro país. Justamente hoy se cumplen dos meses del derrumbe que les sepultó. Y están con vida, y sobre todo con una gran esperanza, porque han sentido cerca el afecto y la preocupación de tanta gente en todo el mundo, incluido el Santo Padre, que les envió una palabra de aliento.


Memoria agradecida a una Iglesia de comunión

Quiero hablarles hoy de esta Patria grande que es la América Latina y el Caribe. Lo hago con humildad, consciente de la gran dificultad que reviste elaborar una síntesis de una realidad tan amplia en su diversidad de expresiones. Lo hago también desde un gesto de gratitud, a esa maravillosa experiencia de colegialidad y comunión que han creado y cultivado los obispos de nuestro continente, en el CELAM. Es un orgullo ser parte de una Iglesia que desde hace 55 años viene dialogando sobre la realidad de nuestros países, procurando conocer mejor las culturas de nuestras sociedades para hacer más fecundo el servicio evangelizador. Doy gracias por esas iluminadoras conferencias generales, comenzando en Río de Janeiro, en 1955, luego Medellín, Puebla, Santo Domingo y recientemente la V Conferencia en Aparecida, Brasil, junto al santuario de la santísima Virgen, nuestra Señora de Aparecida.

Para las Iglesias de América Latina, Aparecida es mucho más que un documento conclusivo o una reunión de obispos. Aparecida es un acontecimiento que probablemente marque un antes y un después en importantes procesos de conversión, personal, pastoral y eclesial. También en las esferas comunicativas y en los medios de prensa, como ya veremos. Aparecida se traduce hoy en un renovado impulso misionero, que hemos llamado la Misión Continental, y que consiste en asumir de un modo permanente nuestra vocación de discípulos misioneros.

Un renovado impulso a comunicar

El Santo Padre ha invitado a nuestra Iglesia latinoamericana y caribeña a superar ese “gris pragmatismo” (citado en DA 12) en que transcurre la vida eclesial y pastoral. Se trata, sin más, de volver a la fuente, de recomenzar desde Cristo, valorando en Él la posesión de nuestro mayor tesoro. Y con fundadas razones nuestros obispos nos exhortan a comunicar “por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo”. Y agregan: “No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en la Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias. Éste es el mejor servicio - ¡su servicio!- que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones” (DA 14). El impulso misionero que brota de Aparecida está significando una profunda renovación en nuestra Iglesia. No sólo en el fundamento de nuestra misión, que es Jesucristo nuestro tesoro, sino también en el ardor de nuestros métodos. Hablamos
de una Iglesia acogedora, casa y escuela de comunión. De una Iglesia madre, cercana y preocupada por todos, especialmente por los más pequeños, vulnerados y sufrientes. Hablamos de una Iglesia que quiere, también para sí misma, la conversión.
Y a nosotros, comunicadores de la Buena Noticia, esta moción del Espíritu nos ha tocado en lo más crucial. Ante todo, porque Aparecida nos viene a recordar que, desde la mirada creyente, no hay comunicación posible si ella no procura y facilita la comunión; que no hay verdadera comunicación si no se suscita el encuentro entre las personas. Podrá existir a nuestro alrededor un amplio flujo de información e intercambio de datos; pero sólo cuando nos hacemos entrega obsequiosa de nosotros mismos, sólo cuando nos regalamos, nos comunicamos. Sólo el acto de darnos nos pone en verdadera sintonía, empatía, con el hermano, con la hermana.

Y qué mejor regalo que compartir con otros el tesoro más grande de nuestras vidas: el encuentro personal con Jesucristo, camino, verdad y vida abundante. En él halla sentido nuestra esperanza, y por eso lo comunicamos con alegría y entusiasmo. No podemos callar esto que hemos visto, oído y vivido.

Una prensa católica desde el espíritu de Aparecida

La prensa católica latinoamericana y caribeña, así como las variadas iniciativas de la Iglesia en materia de publicaciones impresas y digitales, se ven interpeladas por este tiempo de gracia, tiempo de discípulos y misioneros. La prensa católica de hoy no puede continuar respondiendo a los paradigmas culturales y eclesiales de ayer. Como señala Aparecida, “no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos” (DA 548). Por eso tampoco nuestros medios pueden seguir acomodados en un lejano palco crítico de la sociedad y de la actualidad, o en un púlpito elevado y distante, incapaz de tocar la realidad, de mirar a las personas a los ojos, de escuchar las voces, también las detractoras, de entrar en un diálogo enriquecedor, humanizante y fraterno, el mismo que el Señor sostuvo con la sociedad de su tiempo.

Los realizadores, gestores y creativos de las publicaciones de Iglesia necesitamos conocer, mejor que todos, la realidad viva de nuestros entornos. Y en el nuestro, el continente tantas veces llamado de la esperanza, necesitamos contemplar desde nuestra conciencia e identidad cristiana, nuestra historia de contrastes, de dolor y de injusticia. Esta lectura presente de la realidad también es parte de nuestra misión y de nuestra vocación profética de hijos de Dios. Yo vengo de un continente donde el rostro de Cristo duele en el rostro de cada pobre, en el de cada hermano excluido de la mesa, de las decisiones, de las oportunidades. Nuestro continente está marcado por crecientes desigualdades. Ellas se traducen en empleos y sueldos precarios, que impiden o afectan gravemente la vida familiar, las expectativas de escolaridad, la convivencia fraterna y cotidiana. Cuánto quisiéramos ver a nuestros líderes políticos haciendo suyos estos dramas que claman al cielo. Cuánto nos duele, por lo mismo, la fragilidad de algunas de nuestras democracias, heridas por los autoritarismos y caudillismos, la corrupción, el populismo y la demagogia que nos llevan a la pérdida de confianza y, en algunos casos, a la violencia fratricida.

Nosotros, que pertenecemos a la comunidad global de personas conectadas, hemos de saber que una proporción importante de hermanos latinoamericanos y caribeños no tiene acceso a la conectividad ni a la tecnología. Muchas familias latinoamericanas han visto pasar generaciones y generaciones sin conocer un teléfono ni la energía eléctrica. La identidad y cultura de numerosas comunidades de pueblos originarios continúan siendo ignoradas. En la Amazonía y en tantas otras regiones de nuestra tierra la Iglesia suma su voz de alerta ante la depredación de los recursos naturales.

Y en este sufrido caminar, los pueblos latinoamericanos y caribeños hemos encontrado en el Dios de Jesucristo un camino y un nombre para nuestras esperanzas. Y en María, nuestra Madre, el amparo y el consuelo. No llama a sorpresa, pues, que crezcan y se expandan en el continente las manifestaciones de piedad popular, desde la devoción humilde de nuestra gente que ofrece su amor y gratitud en el altar de la familia, en parroquias, colegios, templos y santuarios.

La vocación de la Prensa Católica

Una prensa católica fiel a su identidad y a su vocación (que es, por esencia, misionera) no puede desentenderse de la historia que viven sus pueblos. Y tampoco podría, entonces, desentenderse de la historia particular que vive la Iglesia, no exenta de dolores ni de vergüenzas, pero de igual modo una historia de gracia en este tiempo misionero. ¿No ocurrirá con nuestras publicaciones lo que Aparecida constata en nuestra Iglesia? ¿Cuántos medios de comunicación de Iglesia viven muy preocupados de incorporar en forma explícita su marca “católica”, como si la sola exhibición del apellido fuera suficiente acreditación de identidad? ¿Cuántos de nuestros medios fruncen el ceño desde la norma y la doctrina, haciendo invisible la gratuidad del amor misericordioso de Dios? ¿Cuántos de nuestros medios, ajenos al fin último de la comunicación (la comunión) terminan compitiendo entre sí, duplicando trabajos y esfuerzos que finalmente pocos compran, pocos visitan o pocos leen? ¿Cuántos otros aspiran a legitimarse como los únicos dueños de la catolicidad y la verdad, reduciendo la ética cristiana a dimensiones parciales e incompletas? No sería de extrañar que un medio secular pueda lograr comunicar un mensaje del Papa o de la Iglesia con mayor amplitud y horizonte en la perspectiva del diálogo con las culturas, que nuestras propias publicaciones católicas.

Se trata de hacer comprensible la novedad del Evangelio a una sociedad en constante cambio, a un público adulto que busca respuestas adultas, que clama y demanda a su Iglesia, como a cualquier institución de la sociedad, el valor de la coherencia. Y esa coherencia pasa necesariamente por una renovada identidad de quienes comunican desde la Iglesia, una Iglesia que sale al encuentro de las personas.

Nuestros periódicos, revistas y boletines no han sido llamados a ser trinchera sino a tender puentes. Y nuestra participación en las redes sociales no puede permitirse la vanidad ególatra, o el exhibicionismo de lo trivial. Si para algo estamos convocados en la Prensa Católica, es para tejer una red de iguales, desde la belleza de nuestro ser cristiano. Mucho hemos entendido de este desafío a partir de la cultura que nos promueve la RIIAL, Red Informática de la Iglesia para América Latina: aportar a la mesa común, llegar hasta los últimos, la necesaria ecuación entre necesidad y servicio…

Imprimir nuestra esperanza

Al concluir, quiero compartir con ustedes un impreso. Después del interesante diálogo de ayer acerca del valor de la prensa digital y el valor de las publicaciones impresas, quiero cumplir con un mandato que recibí de los comunicadores de la Iglesia en Chile, que me pidieron mostrarles este impreso que nos llena de esperanza. Y con él agradecer a tantos de ustedes que en estos días en este Congreso, o durante estos meses a través de Internet, me han dicho que están orando por los 33 mineros de Atacama en Chile. Yo sé que ustedes han visto en Youtube y en las redes sociales los videos de estos sobrevivientes que luchan por poder reencontrarse con sus seres amados. Seguramente, Dios mediante, todos nosotros seguiremos en vivo por Internet, radio y TV, el momento en que sean rescatados y vuelvan a ver la luz. Será una alegría digital y global. Pero yo quise traer hasta esta reunión una esperanza impresa: y es esta bandera chilena, donde han estampado su firma, 700 metros bajo tierra donde están atrapados, 33 hermanos nuestros que se alegran en escribir para agradecer la comunión y la esperanza.

Sueño una prensa católica que se alegre en escribir, como estos mineros en este impreso. Que se alegre en escribir lo maravilloso que es encontrarse con Cristo y dejarse transformar por Él. Una prensa capaz de subir al ciberespacio e imprimir en talleres la misma Buena Noticia de ayer, que tiene un nuevo sentido hoy, único e irrepetible para cada uno de los miles y miles de personas sedientas de sentido en sus vidas, que necesitan ser escuchadas y tratadas con dignidad y respeto. Así seremos una voz responsable y respetuosa en el diálogo público, así seremos comunicadores para la comunión, así haremos diaconía de la cultura.

Muchas gracias.

Fuente: Oficina de Prensa de la Conferencia Episcopal de Chile

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