"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

6 de marzo de 2012

Mons. Jorge Lozano: "La naturaleza propia de la Iglesia, su identidad profunda, es ser evangelizadora"

  
Columna de opinión de monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, publicada en diario Crónica el 4 de marzo de 2012
 

“Renovarse es vivir.” Para eso tenemos un modelo, una guía. El Evangelio nos muestra el camino de la plenitud de la vida cristiana. Pero a veces nos vamos dejando estar y corremos el riesgo de “ir a menos” y achancharnos.
 
La Cuaresma es un tiempo propicio para crecer en el deseo de seguir más de cerca los pasos de Jesús, encontrarnos más con Él y crecer en su amistad. Ser más generosos y solidarios con los pobres y los que sufren.
 
Pero es necesario que de la experiencia de encuentro con Jesucristo se dé testimonio. Si no corremos el riesgo de dar a la religiosidad el lugar de un espectáculo en el cual soy simplemente un espectador.
 
La misión nos libera del intimismo egoísta para abrirnos a los demás y compartir la alegría de la fe. El Papa Benedicto XVI, en el Discurso Inaugural de la Asamblea de Aparecida en el 2007, nos decía que “discipulado y misión son dos caras de una misma medalla”. Esto significa en concreto que si no soy misionero, tampoco soy discípulo, y viceversa.
 
Jesús lo enseñó de manera muy clarita en el Sermón de la Montaña: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mt. 5, 13-16)
 
En tiempos de Jesús —y aún hoy— la sal no sólo se usaba para dar sabor sino también para conservar los alimentos, especialmente la carne para que no se pudriera, para liberarla de la corrupción. El Señor nos enseña entonces que esta es la misión de los cristianos en este mundo. Por eso también el Maestro usa la imagen de la luz, necesaria para vernos y reconocernos.

La naturaleza propia de la Iglesia, su identidad profunda, es ser evangelizadora.
 
En ese sentido el Documento Conclusivo de Aparecida expresa un firme propósito: “Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo”. (DA 362)
 
Hace poquito y en sintonía con la vitalidad y contemporaneidad del mensaje de Jesús, el Papa Benedicto citaba a Romano Guardini, qué justas aparecen estas reflexiones en el tiempo de Cuaresma: “Jesús entró para siempre en la historia humana, y sigue viviendo (…) en la Iglesia, ese cuerpo frágil y siempre necesitado de purificación, pero también infinitamente colmado de amor divino. (…) Se revela de modo especial en la Eucaristía, en la que Él está presente con su pasión, muerte y resurrección”.
 
La conversión no es sólo decisión de cada uno individualmente, sino una necesidad de cada comunidad, una opción clara.
 
“Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe.” (DA 365)
 
Mons. Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú
 
Fuente: AICA

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