"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

23 de octubre de 2011

Domingo XXX - Ciclo A


Éxodo 26, 20-26
I Tesalonicences 1, 5c-10
Mateo 22, 34-40


En la primera Lectura se lee: “No maltratarás al extranjero, ni lo oprimirás, porque vosotros fuisteis extranjeros en Egipto” (Ex 22,20). Es bien natural que, antes de la venida de Cristo, la Escritura invitara a esta clase de acogida. Pero con Cristo, y en su Cuerpo que es la Iglesia, ninguno es extranjero. Cada uno, tomado por Cristo y hecho, en Cristo, hijo del Padre y hermano entre los hermanos, es a pleno título miembro de la Civitas Dei y, por lo tanto, ciudadano de la Iglesia.
Así como ninguno es extranjero en la Iglesia, así cada uno de nosotros, cada día, experimenta una “extranjería” respecto a todo lo que existe, incluso a sí mismo.
Podemos decir que existe una “extranjería”, un “ser extranjero” que es consecuencia del pecado de  los hombres – y contra este debemos luchar constantemente, con la ayuda de la gracia, para limar las asperezas de nuestra humanidad- y existe una “extranjería”, un “ser extranjero” que es constitutivo de la existencia humana y proporcional a la profundidad de nuestra vida espiritual.
El cristiano es necesariamente extranjero en un mundo que no reconoce a Dios; es extranjero en un mundo que no ama la vida y está inmerso en la cultura de la muerte; es extranjero en un mundo que ignora el orden natural y olvida las leyes de la creación; es extranjero en un mundo donde n hay lugar para la persona, para el último y para el pobre, sino sólo para los individuos, el poder, el dinero.
El cristiano, y más aún el sacerdote, es necesariamente extranjero en un mundo inmerso en el relativismo, en el hedonismo, en una cultura del placer que, en realidad, se anega en una anestesia general de la razón, la cual tiene como único resultado una profunda lejanía de los hombres.
En un contexto tal, “ser extranjeros” no es un mal, sino el indicador de nuestra fidelidad a Cristo y al Evangelio, y es el presupuesto de la fuerza profética del ministerio al que hemos sido llamados.
Los dos grandes mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo, referidos en el pasaje evangélico, representan la síntesis suprema del camino correcto: reconociendo la primacía de Dios, somos capaces de amar a los hermanos.
Es necesario superar todas las formas de antropocentrismo, tan difundido en las  décadas pasadas, que imaginaban una propedéutica de la promoción humana en cualquier forma de evangelización. Decían: “Primero démosles de comer y después anunciaremos a Cristo”.
La Doctrina social de la Iglesia, en cambio, enseña que la evangelización y la promoción humana constituyen una unidad inseparable que en ningún caso se puede dividir. Justamente, es anunciando el Evangelio como se dilata la posibilidad de una auténtica promoción humana y, en definitiva, no hay mejor promoción humana que ayudar a nuestros hermanos a que encuentren a Cristo, introduciéndolos progresivamente y eficazmente en el misterio de la relación con Él y en la comunión de la Iglesia.
En cualquier parte donde nos encontremos, en cualquier circunstancia de la vida, podemos extender el buen aroma de Cristo, que es, esencialmente, fruto de nuestra identidad de cristianos y de la comunión auténticamente vivida. Que nos proteja la Santísima Virgen María, esclava del Señor, tabernáculo de Dios y estrella refulgente de la Caridad. Quien vive con María no puede nunca extraviarse, porque en ninguna parte del mundo es extrajero.
Fuente: Congregatio pro clericis

1 comentario:

  1. Anónimo26.10.11

    Todos estamos hermanados en Cristo Jesus y mas
    tomados de la mano de su Madre Ssma. jamas perderemos el rumbo...!

    ETELVINA

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