"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

23 de julio de 2011

Tradición y Escritura 1a. parte - Seminario Bíblico 2011 por FM Parroquial 105.1



Seminario Bíblico por FM Parroquial 105.1
Subsidio 15: Tradición y Escritura I

Introducción
 
El cristianismo no comenzó con el Nuevo Testamento sino que la Iglesia Primitiva empezó por confesar que Jesús es el Señor (Filipenses 2, 11). Jesús no escribió y la mayor parte de los apóstoles tampoco sino que la Palabra viva precedió a los textos neo testamentarios que son el testimonio escrito de la Revelación de Dios en Jesucristo, el Nuevo Testamento es el resultado de la Revelación de Dios en Jesucristo y la vida eclesial surgida de la fe.
 
Asimismo, el Antiguo Testamento tampoco fue dictado “palabra por palabra” por el Espíritu Santo a personalidades “iluminadas” en trance, sino que, al contrario, es el producto de un larguísimo proceso de formación y revisión de tradiciones que precedieron al texto canónico del AT. Estas tradiciones son la memoria y la instrucción del Pueblo de Dios a través de diversos canales como: los profetas, los sacerdotes, los sabios, etc.  Muchas personas, a lo largo de los siglos, participaron en forma gradual de la redacción y compilación definitiva de los textos que dieron como resultado el Antiguo Testamento.
 
Resumiendo, Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento fueron precedidos por tradiciones, es decir, la Sagrada Escritura, la Biblia es el resultado escrito de testimonios anteriores.  
 
(…). El Concilio Vaticano II recuerda también que esta Tradición de origen apostólico es una realidad viva y dinámica, que «va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo»; pero no en el sentido de que cambie en su verdad, que es perenne. Más bien «crece la comprensión de las palabras y las instituciones transmitidas», con la contemplación y el estudio, con la inteligencia fruto de una más profunda experiencia espiritual, así como con la «predicación de los que con la sucesión episcopal recibieron el carisma seguro de la verdad». La Tradición viva es esencial para que la Iglesia vaya creciendo con el tiempo en la comprensión de la verdad revelada en las Escrituras; en efecto, «la misma Tradición da a conocer a la Iglesia el canon de los libros sagrados y hace que los comprenda cada vez mejor y los mantenga siempre activos». En definitiva, es la Tradición viva de la Iglesia la que nos hace comprender de modo adecuado la Sagrada Escritura como Palabra de Dios. Aunque el Verbo de Dios precede y trasciende la Sagrada Escritura, en cuanto inspirada por Dios, contiene la palabra divina (cf. 2 Tm 3,16) «en modo muy singular». (Verbum Domini 17)
 
¿Qué es el proceso llamado genéricamente “tradición”?
 
Debemos considerar a la tradición como un proceso de socialización, proceso de enseñanza y aprendizaje que permite asimilar significados y valores que configuran a una determinada sociedad para participar en ella. Entonces si la tradición es importante para vivir en una sociedad, no menos importante es la tradición cristiana para participar de la Iglesia.

I San Ireneo de Lyon y la Tradición Apostólica
 
“Lo que aprendí como niño, creció con mi alma y se hizo uno con ella, de tal modo que puedo decir el lugar donde se sentaba el bien aventurado Policarpo para hablar, cómo él entraba y salía, su manera de vivir, su aspecto físico, los diálogos que sostenía con la multitud, como relataba sus relaciones con Juan y con los otros que vieron al Señor, cómo recordaba sus palabras y las cosas que oía de ellos acerca del Señor, cómo recordaba sus palabras y las cosas que oía de ellos acerca del Señor, de sus milagros y de su enseñanza; cómo Policarpo, después de haber recibido todo esto de los testigos oculares de la vida del Verbo, lo relataba de acuerdo con las Escrituras.” (Fragmento de la “Carta a Florino” de san Ireneo de Lyon en Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea V, 20, 6)    
 
Florino fue discípulo de Policarpo y sacerdote en la Iglesia de Roma pero había abandonado la fe por el gnosticismo. Este es el punto crucial para abordar el tema de la Tradición Apostólica a mediados del siglo II d.C.
 
San Ireneo de Lyon fue olvidado durante siglos pero es el más citado por los documentos del Concilio Vaticano II después de san Agustín. Contra los gnósticos escribe su monumental obra “Desenmascaramiento y refutación de la falsa gnosis” ya que éstos manejaban un concepto totalmente distinto de “tradición” que se basaba en los cabecillas de cada grupo, cada “iluminado” sentaba su propia tradición. San Ireneo apela a “la Tradición que proviene de los Apóstoles” que tiene 6 características fundamentales:
 
1)     Apostólica (procede de los Apóstoles)
2)     Pública (se transmitió y conservó por la predicación pública)
3)     Ministerial (está garantizada por la sucesión episcopal)
4)     Espiritual (el Espíritu Santo interviene en su origen apostólico y su transmisión episcopal)
5)     Portadora de la verdad (opuesta a la falsa gnosis herética)
6)     Oral (en esto se diferencia de la Escritura)  
 
III  Conclusión
 
Es interesante como tanto “Dei Verbum” como “Verbum Domini” mencionan a la Sagrada Tradición primero y a la Sagrada Escritura después, en ese orden. Gracias a Jesucristo, a su enseñanza y a su obra, se redactó el Nuevo Testamento para sentar una base perenne de la imagen del Mesías; y gracias a Jesucristo tenemos el Antiguo Testamento ya que los autores sagrados neo testamentarios tomaron las promesas mesiánicas y las presentaron como cumplidas en Cristo. La Revelación de Dios es inseparable de Cristo Jesús porque Él mismo es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios.
 
“Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.  En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.  Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.  Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».  De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.  Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.” (Juan 1, 1-18)
 
Preparado por Mauricio Shara en base a la siguiente bibliografía:
Texto bíblico de la versión argentina “El Libro del Pueblo de Dios”
Armando J. Levoratti, “Cómo interpretar la Biblia”, Comentario Bíblico Internacional católico y ecuménico para el siglo XXI, Navarra, Verbo Divino, 2005, 30
Benedicto XVI, Exhortación Apostólica postsinodal “Verbum Domini”, 17
Fernando Figueiredo, OFM, “La vida de la Iglesia primitiva”, Buenos Aires, Lumen, 2007, 151-168

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