"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

20 de junio de 2011

Benedicto XVI: "la tentación de considerar que la riqueza del hombre no es su fe"


Benedicto XVI viajó esta mañana en helicóptero desde el Vaticano a la República de San Marino, donde a las 10,00, en el Estadio de Serravalle, presidió una concelebración Eucarística. Al inicio de la homilía, el Santo Padre afirmó que la fiesta que celebramos hoy, la Santísima Trinidad, es “fiesta de Dios, del centro de nuestra fe. (…) El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno, porque Dios es amor y el amor es la fuerza vivificante absoluta, la unidad creada por el amor y más unidad que la unidad puramente física”.


Comentando el Evangelio de san Juan, cuando dice: “Tanto amó Dios al mundo hasta dar a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga la vida eterna”, el Papa señaló que “en el mundo hay mal, egoísmo, maldad y Dios podría venir para juzgar al mundo, para destruir el mal, para castigar a aquellos que obran en las tinieblas. En cambio, muestra que ama al mundo, al hombre, a pesar de su pecado, y envía lo que tiene de más precioso: a su Hijo unigénito. Y no solo lo envía, sino que lo dona al mundo”.

“La fe en el Dios trinitario -continuó- ha caracterizado también esta Iglesia de San Marino Montefeltro, en el curso de su historia antigua y gloriosa. La evangelización de esta tierra se atribuye a los santos Marino y León, que en la mitad del siglo III después de Cristo habrían desembarcado en Rimini procedentes de Dalmacia. (…) Trajeron, en el contexto de esta realidad local, con la fe en el Dios revelado en Jesucristo, perspectivas y valores nuevos, determinando el nacimiento de una cultura y de una civilización centradas en la persona humana, imagen de Dios y por esto portadoras de derechos precedentes a toda legislación humana”.

Benedicto XVI puso de relieve que “junto a la fe, es necesario recordar también la absoluta fidelidad al obispo de Roma, al que esta Iglesia siempre ha mirado con devoción y afecto, así como la atención demostrada a la gran tradición de la Iglesia oriental y la profunda devoción a la Virgen María”.

Dirigiéndose a los fieles presentes, el Papa dijo que estaban “llamados a desarrollar este precioso depósito en uno de los momentos más decisivos de la historia”, ante “las profundas y rápidas transformaciones culturales, sociales, económicas y políticas, que han determinado nuevas orientaciones y han modificado la mentalidad, las costumbres y la sensibilidad”.

“Se ha insinuado la tentación de considerar que la riqueza del hombre no es la fe, sino su poder personal y social, su inteligencia, su cultura y su capacidad de manipulación científica, tecnológica y social de la realidad. Así, también en esta tierra, se ha iniciado a sustituir la fe y los valores cristianos con presuntas riquezas, que se revelan, al final, inconsistentes e incapaces de sostener la gran promesa de lo verdadero, del bien, de lo bello y justo que a lo largo de los siglos vuestros antepasados identificaron con la experiencia de la fe”.

El Santo Padre se refirió asimismo a “la crisis de muchas familias, agravadas por la difusa fragilidad psicológica y espiritual de los cónyuges, al igual que el cansancio experimentado por muchos educadores para seguir formando a los jóvenes, condicionados por múltiples precariedades, principalmente la del papel social y las posibilidades de trabajo”.

“Exhorto a todos los fieles –terminó- a ser como fermento en el mundo, mostrándoos, tanto en Montefeltro como en San Marino cristianos presentes, decididos y coherentes”. A los sacerdotes, religiosos y religiosas pidió que vivieran “siempre en la más cordial y activa comunión eclesial, ayudando y escuchando al pastor diocesano” y en este contexto hizo un llamamiento a las familias y a los jóvenes para que “abran su alma a una pronta respuesta a la llamada del Señor. ¡No nos arrepentimos jamás de ser generosos con Dios!. A los laicos, les instó a “comprometerse activamente en la Comunidad, de modo que, junto a las peculiares obligaciones cívicas, políticas, sociales y culturales, puedan encontrar tiempo y disponibilidad para la vida de la fe, la vida pastoral”.


Fuente: VIS - Vatican Information Service


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