"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

17 de mayo de 2013

Mons. Domingo Castagna y una homilía profética sin desperdicio sobre Pentecostés

 
El bajo perfil de Pentecostés. Hoy concluye el Tiempo litúrgico de la Pascua. El texto evangélico escrito por el Apóstol san Juan nos presenta a un grupo de discípulos ocultos y atemorizados. La aparición del Señor entre ellos les infunde gozo y valor. Jesús resucitado no les deja tiempo para tener miedo, de inmediato les encomienda la misión que había recibido de su Padre, y les infunde el Espíritu para desempeñarla con el coraje con que Él la desempeñó. Pentecostés constituye el día fundacional de la Iglesia de Cristo, su salida al mundo posee el bajo perfil de la entrada del Verbo encarnado en la historia mal inaugurada por Adán y Eva. Pero la humildad de Dios encarna toda la sabiduría de Dios. La humildad es virtud mientras que el “bajo perfil” puede responder a la estratagema de seres tramposos e injustos, que intentan disminuir el valor de lo verdadero con la inconsistencia de lo que brilla sin iluminar. Cristo inaugura la era de la transparencia y de la verdad. Él mismo es la Verdad que se transparenta en una naturaleza que el pecado había sumido en el error y en la confusión.



La gracia que transforma. Su presencia actúa como causa de transfiguración en quienes se reúnen con Él y aprenden de Él. A todos, sin excepción, se les presenta la propuesta de seguirle. La universalidad del Evangelio no soporta fronteras. Está dirigido a todos, con tal que consientan en ser plasmados por su gracia. De la eficacia de la gracia habla el Papa Benedicto XVI en la Carta Apostólica “Porta Fidei”: “La Puerta de la fe (Hechos 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en la Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma” (“Porta Fidei” nº 1). Pentecostés, en la promesa de Jesús, es el momento de esa “plasmación” de gracia. No lo fue únicamente en aquella fecha, señalada por el Evangelista san Juan, lo es ahora, no como llegada original sino como manifestación de su permanencia “hasta el fin de los tiempos”. La presencia viva de Dios en la historia, dando sentido al acontecer humano, se introduce con la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Pentecostés viene a cerrar esa irrupción de gracia y de Verdad. Es lo que celebramos hoy.

Ocultamiento del bien y popularidad del mal. Es preciso que nuestro mundo se interese por lo que significa Pentecostés en la gran visión pascual de la historia. En medio de los estragos causados por hechos irresponsables: la feroz delincuencia de quienes dañan a las personas y a las instituciones, la injusticia, el embuste entronizado como verdad, el discurso vano y el descuido de los compromisos sociales y religiosos. Tanto mal no es óbice que impida la acción continua del Espíritu de Dios. La lucha entablada entre el bien y el mal deja al desnudo que expresiones inocultables de justicia y de santidad son frutos de la acción del Espíritu Santo que se instala entonces, de una vez para siempre. Hay gente buena, y muy buena en la sociedad. Hay santos en la Iglesia, en mayor número del que podemos imaginar, también hay gente mala y pecadora, tanto en el mundo como en la Iglesia. Es de lamentar que el enfermizo gusto popular, incentivado por cierta prensa de escabrosa amarillantez, otorgue preferencia a lo escandaloso y no sepa apreciar las virtudes y los valores que las sustentan. Lo bueno parece aburrir al espíritu superficial de nuestra época. Se lo pasa de largo como las páginas sin interés de una revista voluminosa ofrecida dominicalmente por algunos diarios de gran difusión.

El Espíritu Santo está. Como la Pascua cristiana, Pentecostés no puede ser entendido sino desde la fe. La presencia viva de Cristo resucitado es inseparable del Espíritu Santo, llegado a la historia de los hombres, en una jornada como esta, hace más de veinte siglos. La acción silenciosa del mismo no ha dejado de hacer lo suyo en el misterioso plan redentor de Dios. Lo seguirá haciendo hasta que se cierre la contratapa de la historia. La eternidad de Dios está antes y después de los pocos años de historia de la humanidad. Se ocupa de nuestra breve historia, haciéndola propia en Jesucristo, y cuidándola con la ternura de una madre a su pequeño hijo. La dura vida de la humanidad, por causa de la presencia del mal, necesita recordar esta verdad para reconformar su comportamiento y extirpar definitivamente ese mal. Para ello vino Jesucristo, murió en la Cruz y resucitó. El Espíritu Santo está para confirmar la Redención y aplicarla a cada persona que así lo decida. La Pascua, y su Pentecostés, es un acontecimiento real aunque se lo pretenda negar.

 
Fuente: AICA

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