"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

29 de abril de 2013

Mons. Arancedo aclaró que la categoría "Pueblo de Dios" no significa "politización o sociologización" de la Iglesia (como mal interpretaron y divulgaron segundos, terceros y cuartos en los textos de los grandes teólogos del Concilio)

 
Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (27 de abril de 2013)
Una de las figuras con las que el Concilio Vaticano II nos habla de la Iglesia es la de Pueblo de Dios. Lejos de se ser una definición sociológica, nos introduce en el ámbito propio del obrar de Dios. Es, por ello, una figura profundamente bíblica. Este 5° domingo de Pascua nos permite conocer esta realidad.

La lectura del Apocalipsis nos muestra a la Iglesia como la “Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén que desciende del cielo, que viene de Dios” (Ap. 2-3). Es decir, la Iglesia tiene su origen en el amor de Dios que se hace visible en la persona de su Hijo, Jesucristo, y que será animada por el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia. Su origen primero es el amor y la unidad de Dios que ha creado al hombre a su “imagen y semejanza”; su origen más cercano en la historia es Jesucristo, su animación actual es obra del Espíritu Santo y su destino, al que estamos en camino, es el Reino de Dios. Así se manifiesta la Iglesia, nos dice el Concilio Vaticano II tomando una bella frase de san Cipriano, como: “una muchedumbre reunida por la unidad (el amor) del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (L. G. 4).


Ahora bien, ¿cuáles son las características de este Pueblo de Dios? Esto nos permitirá conocer más a la Iglesia y descubrirnos en ella. En este sentido el Catecismo de la Iglesia Católica (n° 782) es muy claro, se los recomiendo y lo voy a leer:
 
·                     Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero él, nos dice, se ha adquirido para sí un pueblo al que están llamados todos los hijos de Dios, por ello es universal.
·                     Se llega a ser miembro de este Pueblo no por el nacimiento físico, o por pertenecer a una raza determinada, sino por un “nacimiento de arriba”, “del agua y del Espíritu Santo” (Jn. 3, 3-5)), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.
·                     Este pueblo tiene por cabeza a Jesús el Cristo (el ungido): su misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, somos “el Pueblo mesiánico”.
·                     La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en su templo.
·                     Su ley, es el mandamiento nuevo del amor: amar como Cristo nos amó. Esta es ley “nueva” que se hace realidad por medio del Espíritu Santo.
·                     Su misión es ser sal de la tierra y luz del mundo para todo el género humano.
·                     Su destino es el Reino de Dios, que el mismo Jesús ya comenzó en este mundo.
 
Esta es la Iglesia, no la fundamos nosotros, somos llamados por Dios para ser parte de ella, de su Pueblo, y en él encontrar el sentido de pleno de nuestras vidas como hijos suyos. Él es el origen, pero es también el camino y la fuerza de esta nueva realidad. Diría que la fe en Dios, tal cual la conocemos en Jesucristo, no es plena hasta que no nos descubrimos como parte de este Pueblo, al que él nos invita. No tengamos temor, nos decía el Santo Padre Francisco, a ser cristianos y a vivir como cristianos, y agregaría, a sentirnos parte viva de esta Iglesia que es nuestra casa y es nuestra Madre.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
 
Fuente: AICA

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