"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

24 de julio de 2012

Mons. Rubén Frassia: "¡Cuántas necesidades hay! ¡Cuántos lugares de desierto existen en nuestra sociedad y en la Iglesia! ¡Cómo necesitamos pastores que sean capaces de apacentar el rebaño!"



Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco". Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato. (San Marcos 6,30-34)
 

Estamos hablando de los pastores, de aquellos que son discípulos y específicamente estamos hablando de los sacerdotes y de los obispos, ya que cada uno de nosotros está enviado a dar la vida por el Señor y por el Pueblo de Dios. Somos servidores no somos patrones; el servidor tiene que servir y el ejemplo es Cristo, que se da, que se deja comer por los demás, que se entrega, que se conmueve. Creo que cada sacerdote, cada obispo, tiene que tener esa capacidad de conmoverse, de estar disponible.

En Israel y también en la Iglesia, pueden haber pastores que se abrevan a sí mismos, se apacientan a sí mismos y eso es una infidelidad a la misión, dándole la espalda al Señor, no ocupándose de la grey, pastoreándose a sí mismos dejando a las ovejas que vivan en el desánimo y en la dispersión. Esto es algo que urge a la Iglesia, a los obispos y a los sacerdotes.

¡Cuántas necesidades hay! ¡Cuántos lugares de desierto existen en nuestra sociedad y en la Iglesia! ¡Cómo necesitamos pastores que sean capaces de apacentar el rebaño! Por eso la Iglesia pide siempre vocaciones, para dar de comer en la Eucaristía, para dar de comer en la Palabra, para servir a los hermanos.

No es igual el sacerdocio ministerial al celibato como si fueran indisolubles. El sacerdocio ministerial es la entrega a Cristo y a la Iglesia; y para la Iglesia Latina, en conformidad a esto, se nos pide la renuncia por medio del celibato. Pero esta renuncia no es un egoísmo, o negación de un valor importante como el matrimonio, sino es para que haya una mayor disponibilidad en el servicio, para que uno pueda amar más, para que uno esté totalmente.

El sacerdote que vive celibatariamente, está anticipando la escatología y porque como cree en el Reino de Dios, cree en Cristo y cree que esto es lo más importante, es capaz de hacer una renuncia fuerte, pero porque quiere amar más. Lo mismo a través de la pobreza, de la obediencia y, obviamente, a través de la castidad.

Como Iglesia vamos a pedir por los pastores, rezar en serio por nuestros sacerdotes. El sacerdote es un hombre de Dios, sacado de nuestro pueblo pero vuelto al Pueblo de Dios; hay que darle el lugar, reconocerle el lugar y que él mismo se los reconozca, pero que los fieles también se lo puedan reconocer.

También pidamos por las vocaciones. Que Dios nos bendiga como diócesis, que bendiga a nuestras familias. Si Dios llama a uno de sus hijos, no es una desgracia; si tiene vocación es una gracia y una bendición. No sean obstáculo a lo que Dios pide para dar más.

Que el Señor nos ayude a todos, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
Fuente: AICA

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