"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

26 de mayo de 2012

Pentecostés



Juan 20, 19 - 23
 

La presencia necesaria del Espíritu. La obra salvadora de Dios llega a su término y perfección. La llegada del Espíritu Santo es anunciada por el mismo Jesús como urgente y subordinada a su partida. Hechos de los Apóstoles hace referencia a la reunión del grupo apostólico, junto a María y a otros discípulos, en oración. El texto evangélico de Juan relata una de las apariciones de Jesús resucitado. Es allí donde se manifiesta como el glorificado Dador del Espíritu a sus atemorizados discípulos. En Pentecostés extenderá ese divino Don a la Iglesia y al mundo. “Sopló sobre ellos”, es decir, se dio a Sí mismo en el Espíritu, manifestándose ser igual al Espíritu, como lo es al Padre. Es fundamental crear conciencia de esa presencia divina: la suya en el Espíritu, que activa la redención mediante el sacramento de su Iglesia. En ella, por el anuncio del Evangelio y la celebración de los sacramentos, el mundo puede orientarse eficazmente hacia Dios.
 



Despertar la conciencia bautismal de los cristianos. Necesitamos redescubrir la presencia callada y laboriosa del Espíritu Santo. La Iglesia está destinada a despertar la conciencia, mediante el anuncio del Evangelio y su celebración, en un mundo de bautizados que se precipita al olvido del misterio de su fe. El pecado sigue apoderándose de la vida de innumerables hombres y mujeres. Entre quienes lo patrocinan se registran muchos bautizados, sin vida bautismal, que promueven el engaño, el robo, la pornografía, la trata de personas, la corrupción política, la drogadicción y su mercado funesto, la destrucción de la vida de inocentes por nacer, la infección de las mentes jóvenes con principios emanados de una filosofía anticristiana y atea. Podríamos incluir las casi infinitas actividades que asumen verdaderas muchedumbres de personas, desorientadas como “ovejas sin pastor”. Allí está el pecado, activo y dañino, como si no hubiera sido vencido por el “Cordero de Dios”. No obstante, también está la gracia de Cristo, para infligirle una derrota definitiva, en provecho de quienes están afectados por él.
 

Urgencia del llamado a la conversión. Jesús se refiere a la venida del Espíritu que “convencerá al mundo de su pecado” y le devolverá el rumbo perdido. Más actual que su urgencia, imposible. El Misterio de Cristo, que acabamos de celebrar en la Pascua, presenta su poder de gracia en un mundo hambriento de los valores olvidados, que, ciertamente, logran su síntesis perfecta en la actualización continua de ese Misterio. Será oportuno reeditar el propósito apostólico de llamar a la conversión a todos los hombres. Se ha producido cierto decaimiento en la práctica cristiana por causa del inexplicable menosprecio de la Palabra y de los sacramentos. ¡Qué triste es la indiferencia de muchos bautizados ante el anuncio evangélico y la celebración de los sacramentos! La utilización abusiva de los mismos, reduciéndolos a rellenos impiadosos para homenajes o acontecimientos absolutamente extraños a su sacralidad, es moneda común en estos países “cristianos”. Los sacerdotes - “dispensadores de los misterios de Dios” - se angustian ante exigencias poco adecuadas a la naturaleza de su ministerio. Muchas veces, es lamentable reconocerlo, ceden a la presión del medio ambiente.
 

El Espíritu Santo garantiza la presencia del Resucitado. Es preciso que el Espíritu de Pentecostés anime nuestra vida cristiana. Me refiero a toda nuestra vida de bautizados, incluyendo sus aspectos mal llamados “profanos”. El Espíritu Santo posee una libertad que asombra a quienes se consideran más libres. Él es el Amor del Padre y del Hijo y, por lo mismo, se identifica a Sí mismo formulando, por Juan, la mejor definición de Dios: “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4, 8). La presencia de Cristo resucitado está garantizada por Dios Espíritu Santo que se instaló entre nosotros como inspirador y Supremo Artífice. De Él procede la autoría de la fe que el Hijo suscita y alimenta. Es preciso recurrir a Él para hacer efectiva la renovación de la fe que el Papa Benedicto XVI promueve. Ante un mundo - que no es todo el mundo - que parece empeñarse en pasar lo religioso al diván de las cosas pasadas de moda, la palabra valerosa de la Iglesia se materializa en la voz aparentemente débil de su anciano Pontífice. Al Papa no le faltan razones para destacar que la Iglesia debe a la humanidad de todos los tiempos la evangelización emprendida por los Apóstoles, enviados por Cristo resucitado el día de la Ascensión. Por ello, entendemos la celebración de Pentecostés como consecuencia obvia de la Pascua de Resurrección.
 

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1 comentario:

  1. Anónimo29.5.12

    NUEVO INTENTO.
    Mauricio querido, estuve sin Internet, ayer quise
    dejarte un saludo con motivo de Pentecostes y fue
    imposible. "Que el Esp.Sto. se siga derramando en
    tu vida, quemandote en el fuego de su amor, lle-
    nandote de gozo, alegria, paz". Para seguir escri
    biendo maravillas como esta.!!!
    ETELVINA

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