"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

8 de mayo de 2012

Mons. Conejero Gallego: "El Año de la Fe, que tiene como finalidad redescubrir y profundizar nuestro conocimiento, adhesión y amor en los misterios de Cristo y de la Iglesia, se va aproximando; ojalá sea, para todos, motivo de gozo y de esperanza, y vaya inflamando en nosotros el deseo de vivir más coherentemente el Evangelio de Jesús"


Editorial de monseñor José Vicente Conejero Gallego, obispo de Formosa para el suplemento diocesano “Peregrinamos”, órgano de difusión de la diócesis (Mayo de 2012)
 
Así, como decíamos en nuestra anterior editorial, que Jesús, siendo la fuente de agua viva, tiene sed; hoy, queremos afirmar, fundamentándonos en la Palabra de Dios, que Jesús, el Pan de Vida, tiene hambre y pide de comer.
 

Jesús sintió hambre, no sólo cuando ayunó en el desierto (cf. Mt 4, 2), sino también después de su Resurrección. Cuando, resucitado, se apareció a los apóstoles, les preguntó “¿Tienen aquí algo de comer?”; y comió un trozo de pescado asado, delante de ellos. (cf. Lc 24, 36-43). Según el contexto de este relato, pareciera que la finalidad era para que los apóstoles, atónitos y atemorizados, se convencieran de que no sólo era un espíritu, sino, el mismo Jesús de carne y hueso que había compartido con ellos la vida antes de morir en la cruz. También, en el Evangelio según san Juan, Jesús resucitado come y da de comer pan y pescado a sus discípulos a orillas del lago de Tiberíades. (cf. Jn 21, 9- 15). Jesús, al tener hambre y pedir de comer, pone de manifiesto que, siendo Hijo de Dios, es, a la vez, Hombre verdadero.
 
Durante la tercera semana de pascua, la liturgia nos ha ofrecido la lectura continuada de El Pan de Vida, discurso de Jesús pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún (Jn 6, 22- 64). ¡Qué maravilla! Aquí Jesús, se presenta así mismo: como el Pan vivo del cielo, el Pan de Vida dado por su Padre a los hombres para que el mundo tenga la verdadera Vida. El hambre y la sed de los hombres sólo se sacian creyendo y confiando en Jesús. En esto consiste hacer la voluntad de Dios: en creer en Aquél que Él ha enviado. Y si nos alimentamos con su Cuerpo y su Sangre, permaneceremos en Él, resucitaremos en el último día, y tendremos la Vida eterna para siempre. Jesús, al darnos de este Pan, que es su propia Carne, se convierte en el Alimento de la Vida para los hombres y para el mundo. ¿Porqué, entonces, resistirnos a creer en Él? ¿Por qué no creer con mayor intensidad y celebrar el misterio eucarístico confiando en las promesas que Jesús nos hace?
 
Una vez más, paradójicamente, el que es el Pan de Vida y la Fuente de Agua Viva, quien alimenta y sacia verdaderamente a los hombres con su Cuerpo y con su Sangre, tiene hambre y pide de comer, tiene sed y pide de beber. ¡Qué humildad! ¿Pero no será que tiene hambre y sed de nuestra fe, de nuestra adhesión confiada a Él, para guiarnos y hacernos partícipes de su vida divina trinitaria? Sin duda alguna; Jesús, el Pan de Vida, es, también, el Buen y Bello Pastor que da la vida por sus ovejas y ha venido para que tengamos Vida, y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10).
 
En este mes de mayo celebraremos la Ascensión de Jesucristo a los cielos, misterio en el que Jesús, introduciendo definitivamente su humanidad en el dominio celestial de Dios, precediéndonos en el Reino glorioso del Padre e intercediendo sin cesar por nosotros, nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica 665-667). Y al domingo siguiente, Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, el Don de Dios para la Iglesia y para el mundo. Este año, Dios mediante, celebraremos ésta solemnidad, realizando el III° Congreso Catequístico Nacional en Morón (Buenos Aires). Del 24 al 27 de mayo, participaremos de este gran acontecimiento eclesial, que nos ayudará fortalecer el Itinerario Catequístico Permanente y la Renovación de la Catequesis de la Iniciación Cristiana a la luz de Aparecida. Juntos marcharemos para “Anticipar la Aurora y Construir la Esperanza”.
 
El Año de la Fe, que tiene como finalidad redescubrir y profundizar nuestro conocimiento, adhesión y amor en los misterios de Cristo y de la Iglesia, se va aproximando; ojalá sea, para todos, motivo de gozo y de esperanza, y vaya inflamando en nosotros el deseo de vivir más coherentemente el Evangelio de Jesús.
 
Mons. José Vicente Conejero Gallego, obispo de Formosa
 
Fuente: AICA

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