"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

20 de febrero de 2012

Mons. Héctor Aguer: "Los misterios de la vida de Cristo no son realidades extinguidas en el pasado, sino vivas y presentes; en cuanto hechos que han acaecido a la persona divina del Verbo en su santísima humanidad, más allá de su condición histórica poseen una dimensión eterna que despliega en todo tiempo, y en nosotros, su eficacia"


  
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la fiesta de la presentación del Señor (Capilla San Ramón, Tandil, 2 de febrero de 2012)
 

La fiesta que hoy celebramos manifiesta el cumplimiento de la antigua ley, de las profecías mesiánicas y del misterio del templo en el acontecimiento de la presentación del Señor. La breve procesión con las candelas ha expresado, en el dinamismo de su significado simbólico, nuestro deseo de participación en aquel episodio que, más allá de su realidad histórica, guarda una eficacia supratemporal y se actualiza por la acción del Espíritu en la liturgia de la Iglesia y en nuestra fe. Ingresamos al templo para encontrarnos con Cristo, luz de las naciones y gloria de su pueblo, para identificarnos con él, recibir su iluminación y guiados por él adentrarnos en los caminos en los cuales se concreta la vocación cristiana: ir hacia el Padre y alcanzar el esplendor de su gloria.

El evangelista Lucas, que para componer su relato se ha informado cuidadosamente de todo, como él mismo declara (cf. Lc. 1, 3), se ha valido de los recuerdos de María, de lo que ella conservaba y meditaba en su corazón (Lc. 2,19.51). La Madre de Jesús debía cumplir exteriormente con el rito de la purificación, para lo cual era necesario que se presentara en el templo ante el sacerdote. No se requería que fuera llevado el hijo. Sin embargo, a San Lucas le importa destacar lo que ha ocurrido insólitamente, la presencia del Hijo en Jerusalén: Jesús es conducido allá por María y José. El hecho tradicional de la purificación de la madre pasa a un segundo plano y es mencionado como una mera circunstancia, como la ocasión propicia para que el hijo sea presentado al Señor. El texto, en su original griego, habla en plural de la purificación de ellos, sin precisar a quiénes se refiere; en cambio, se expresa como finalidad del viaje la presentación del Hijo. Asimismo, el evangelista menciona el deber de consagrar al primogénito; no se refiere directamente a su rescate –que podía cumplirse en otra circunstancia- sino a la pertenencia a Dios de las primicias de la vida. Se identifica la consagración con la presentación. En el caso de Jesús se daba algo singular, ya que él es el santo por excelencia desde el instante de la encarnación; así lo anunció el ángel a María: el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios (Lc. 1, 354). Jesús es todo de Dios, desde su preexistencia eterna: él es personalmente el Verbo que está junto a Dios; mejor dicho, volviéndose eternamente hacia Dios (pros ton theón, Jn. 1, 1-2), es el Dios unigénito que está en el seno del Padre (eis ton kólpon toû patrós, Jn. 1, 18) como mirándolo cara a cara y estrechándose a él. Desde el momento de su concepción el hombre Jesucristo está dedicado a Dios en una consagración perpetua; es el Santo sobre el cual ha reposado para siempre el Espíritu. María y José conocían la santidad del Niño y su pertenencia a Dios, pero esa condición de consagrado tenía que manifestarse pública, oficialmente a Israel mediante el ingreso en el templo, y ser reconocida por los ancianos Simeón y Ana. Ellos representaban al resto fiel del pueblo de Dios por su obediencia de fe y por la ardiente expectación del Mesías; vivían bajo el régimen del Espíritu, y en ese sentido son, a través de los siglos, ejemplos para los fieles de todos los tiempos.
 
En Jesús se cumple el misterio del templo, lugar de la presencia de Dios, ámbito del encuentro y de la alianza; él es, en efecto, quien hace posible, en sí mismo, para quienes se unen a él por la fe, la adoración que el Padre quiere, en espíritu y en verdad (Jn. 4, 23 ss.). Al entrar en el templo toma posesión de él y comienza a reemplazarlo. Más adelante, cuando vuelva con sus padres a Jerusalén doce años después, ante el asombro de ellos se demorará en la casa de su Padre, porque es allí donde debe estar (cf. Lc. 2, 49). Como signo de su pascua y de la nueva alianza podrá decir, refiriéndose al templo de su propio cuerpo: destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar (Jn. 2, 19). Jesús es el templo verdadero, en quien habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Col. 2, 9).

Pero es también el sumo sacerdote. Dios había elegido al sacerdote levítico para que estuviera siempre en su presencia y oficiara en nombre del Señor (Dt. 18, 5); el Niño presentado en el templo está destinado a entrar de una vez por todas en el santuario celestial con su propia sangre para obtener la redención eterna de los hombres (cf. Hebr. 9, 11 ss.). Según Jean Daniélou, el evangelista elaboró de tal manera el relato de la presentación, con términos intencionalmente elegidos y detalles litúrgicos, para mostrar ya en Jesús Niño al sumo sacerdote de la nueva alianza.
 
El mismo autor hace notar también que san Lucas asocia la presentación de Jesús a la ofrenda de un sacrificio, representado por el par de tórtolas o de pichones de paloma que correspondía al rito de la purificación de la madre. El Niño que Simeón toma en sus brazos es el sacrificio ofrecido, la única oblación eficaz para alcanzar el perdón de los pecados, para santificar y llevar a los hombres a la perfección (cf. Hebr. 10, 12-14).
 
La presentación de Jesús, como todos los misterios de su vida, es para nosotros objeto de contemplación, de adoración, de amor. Al escuchar el relato del Evangelio, o mejor aún, al leerlo detenidamente al modo de una rumia espiritual, podemos imaginar la escena, interpelar a los protagonistas, meditar sobre el sentido de las palabras y de los hechos para que surjan los sentimientos y se ejercite la devoción. La participación en la acción litúrgica puede ser un punto de llegada si nos hemos preparado adecuadamente, pero aun entonces, y siempre, es la fuente de una progresiva asimilación al misterio celebrado. Nosotros intentamos asimilarlo, aunque en realidad el misterio mismo, en su objetividad trascendente se nos aplica y nos envuelve.
 
Los misterios de la vida de Cristo no son realidades extinguidas en el pasado, sino vivas y presentes; en cuanto hechos que han acaecido a la persona divina del Verbo en su santísima humanidad, más allá de su condición histórica poseen una dimensión eterna que despliega en todo tiempo, y en nosotros, su eficacia. En Navidad solemos decir: hoy nace Cristo, está naciendo en ese misterio de ofrenda y adoración en el que Dios recibe gloria y nosotros una gracia propia y particular. Del mismo modo su cruz es un misterio de expiación y de amor redentor que en cada Viernes Santo, y con mayor razón en cada celebración eucarística, desciende al tiempo desde la eternidad para ser aplicado a los creyentes. Del misterio de la resurrección mana el torrente de la vida sobrenatural, el don del Espíritu.
 
Así también ocurre con el misterio de la presentación en sus múltiples aspectos Jesús es el templo verdadero; nosotros que hemos sido hechos templos del Espíritu Santo en el bautismo, ratificamos ahora esta condición. Jesús es el consagrado y está siempre en actitud de presentarse al Padre, nosotros participamos de su consagración, pertenecemos a Dios y buscamos incesantemente su rostro. Jesús es el verdadero sacerdote y la perfecta ofrenda del sacrificio, que nos asocia a su entrega, al culto espiritual, para que nos ofrezcamos como una victima viva, santa y agradable a Dios (Rom. 12, 1). Podemos referir a nuestra participación en este misterio de la presentación lo que proponía el Cardenal de Bérulle: Como Dios en su gloria es nuestra herencia, también Jesús en sus estados y en sus misterios es la parte que nos toca en suerte, y al darnos una participación universal en él, quiere que tengamos una parte singular en sus diversos estados, según la diversidad de su elección sobre nosotros y de nuestra piedad para con él. Así él se reparte a sí mismo dándose a sus hijos, haciéndolos participantes del espíritu y de la gracia de sus misterios, apropiando a unos su vida y a otros su muerte; a unos su infancia, a otros su poder; a unos su vida oculta, a otros su vida pública; a unos su vida interior, a otros su vida exterior… A él corresponde apropiarnos a los estados y misterios que él quiera de su persona divina, y a nosotros vincularnos a ellos y de ellos depender.
 
El horizonte vastísimo de una participación cada vez más profunda en los misterios de Cristo queda siempre abierto a nuestra inquietud, a nuestra disponibilidad, al arranque generoso y sostenido de nuestro corazón, para ir descubriendo a qué nos llama el Señor en el camino de nuestra identificación con él. Esa apertura no indica un ideal inalcanzable. Exige, claro está, un ejercicio ascético imprescindible, pero que debe hundir sus raíces y sostenerse permanentemente en la adoración. Hace poco más de un mes decía Benedicto XVI: la adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible e imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se hizo hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida. Es, podemos agregar a modo de glosa, un acto de fe, esperanza y caridad. La marca en la vida es el laborioso pero también gozoso cumplimiento de la voluntad de Dios, especialmente en las obras del amor, en el servicio, la misericordia y la compasión.
 
Es María quien ha sabido asimilar, como nadie ha sabido hacerlo, el misterio de Cristo en cada una de sus manifestaciones; vive de él, por él, para él. Es el modelo eximio de la identificación con él. Es también ella quien como madre y maestra espiritual nos allana el acceso a la intimidad y la imitación del Señor. El misterio de la presentación concierne inseparablemente a Cristo y a su Madre; ella ha llevado al Niño a Jerusalén y de sus brazos pasó a los brazos de Simeón. Ella está siempre a su lado, desde Belén hasta el Calvario; aún en los años de la vida pública no se separaba espiritualmente de él, le estaba adherida corazón a corazón. Que ella nos consiga la gracia de ser apropiados al misterio que hoy celebramos, de recibir su aplicación a nuestra vida. Este deseo estaba representado, objetivamente, en nuestra breve marcha llevando las candelas; así fue, aunque no hayamos pensado en ello.
 
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
 
Fuente: AICA

1 comentario:

  1. Anónimo20.2.12

    Impecable homilia de Mons.Aguer.!!!
    Cristo ayer, hoy y por los siglos........!

    ETELVINA

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