"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

26 de enero de 2012

Benedicto XVI subrayó que la transformación de san Pablo no se limita al plano ético e intelectual, sino que “se trata más bien de una renovación radical del propio ser, similar en muchos aspectos a un renacimiento. Semejante transformación encuentra su fundamento en la participación en el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, y se delinea como un camino gradual de conformación con Él

El Santo Padre presidió el miércoles por la tarde la celebración de las segundas Vísperas de la solemnidad de la conversión de san Pablo, en la basílica romana dedicada al apóstol. En la celebración, con la que finaliza la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, estuvieron presentes representantes de otras Iglesias, entre otras la Iglesia ortodoxa de Grecia, el Patriarcado Ecuménico, la Comunión Anglicana, los Patriarcados de Moscú y Rumanía.
 

En su homilía, Benedicto XVI recordó que el tema de reflexión para la Semana de Oración de este año, “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo”, ha sido tomado de la primera epístola del apóstol Pablo a los corintios. “El significado de esta misteriosa transformación –dijo el Papa- se muestra admirablemente en la vida de San Pablo. Después del evento extraordinario acontecido en el camino de Damasco, Saulo, que se distinguía por el celo con el que perseguía a la naciente Iglesia, fue transformado en un infatigable apóstol del Evangelio de Jesucristo. (…) Esta transformación no fue el resultado de una larga reflexión interior o el fruto de un esfuerzo personal. Fue ante todo obra de la gracia de Dios que actúa según sus caminos inescrutables”.

Benedicto XVI subrayó que la transformación de san Pablo no se limita al plano ético e intelectual, sino que “se trata más bien de una renovación radical del propio ser, similar en muchos aspectos a un renacimiento. Semejante transformación encuentra su fundamento en la participación en el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, y se delinea como un camino gradual de conformación con Él. Consciente de ello, san Pablo (…) dirá: ‘Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí’”.

En la primera carta a los corintios, el apóstol describe el día del Juicio final, en el que se cumplirá el destino de la humanidad. “En ese día –explicó el Pontífice- todos los creyentes serán conformados con Cristo, y todo lo que es corruptible será transformado por su gloria. (…) Entonces el triunfo de Cristo será completo porque (…) la muerte será vencida definitivamente y, con ella, el pecado que la hizo entrar en el mundo. (…) San Pablo nos dice que todo hombre, mediante el bautismo en la muerte y resurrección de Cristo, participa en la victoria de Aquél que ha sido el primero en derrotar a la muerte, iniciando un camino de transformación que se manifiesta desde ahora en una novedad de vida que alcanzará su plenitud al final de los tiempos”.

“Al elevar nuestras oraciones –continuó el Papa-, confiamos en ser transformados y conformados con la imagen de Cristo. Esto es especialmente cierto en la oración por la unidad de los cristianos (…), con la que participamos en la realización del proyecto divino para la Iglesia; el compromiso operoso por el restablecimiento de la unidad es un deber y una gran responsabilidad para todos. (…) Unidos en Cristo, estamos llamados a compartir su misión, que consiste en llevar esperanza allí donde dominan la injusticia, el odio y la desesperación. Nuestras divisiones hacen menos luminoso nuestro testimonio de Cristo. La meta de la plena unidad, que esperamos con operosa esperanza y por la cual rezamos con confianza, es una victoria (…) importante para el bien de la familia humana”.

Benedicto XVI advirtió que, frente a la idea de victoria como éxito inmediato, predominante en la cultura actual, desde el punto de vista cristiano la victoria “es un largo camino (…) de transformación y de crecimiento en el bien. Llega según los tiempos de Dios, no según los nuestros, y requiere de nosotros profunda fe y paciente perseverancia. (…) También nuestra espera de la unidad visible de la Iglesia ha de ser paciente y confiada”, lo que no significa pasividad o resignación, sino “respuesta pronta y atenta a cualquier posibilidad de comunión y hermandad que el Señor nos da”.

El Papa terminó exhortando a los presentes a proseguir la vía del ecumenismo: “Aunque a veces se puede tener la impresión de que el camino hacia el pleno restablecimiento de la comunión es aún muy largo y lleno de obstáculos, invito a todos a renovar la propia determinación de perseguir, con valor y generosidad, la plena unidad que es voluntad de Dios, siguiendo el ejemplo de san Pablo, que ante dificultades de todo tipo conservó siempre firme la fe en Dios que lleva a cumplimiento su obra. Por otra parte, no faltan signos positivos de una fraternidad reencontrada y de un sentido de responsabilidad compartido ante los grandes problemas que afectan a nuestro mundo. Todo ello es motivo de alegría y de gran esperanza, y debe animarnos a continuar esforzándonos por llegar todos juntos a la meta final, sabiendo que nuestro trabajo no es vano en el Señor”.
 
 
Fuente: VIS - Vatican Information Service

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