"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

20 de noviembre de 2011

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo



Ezequiel 34, 11-12. 15-17
Salmo 22, 1-3. 5-6
I Corintios 15, 20-26. 28
Mateo 25, 31-46


La Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, al finalizar el año litúrgico, tiene el valor de una verdadera sinfonía con la que celebramos en su totalidad el misterio de Dios.
 
Las lecturas litúrgicas anuncian la realeza de Dios y su pleno señorío sobre la realidad y nos introducen en la naturaleza impactante de su potestad salvadora: “Yo mismo buscaré mis ovejas y las cuidaré (...) Yo mismo las conduciré a los prados y las haré descansar”. Por medio de las palabras del profeta Ezequiel somos introducidos en el corazón de la fe, colocados delante del Acontecimiento central mediante el cual Dios manifiesta la propia realeza.
 
El Señor habla al hombre y le muestra su señorío, en primer lugar a través de la Creación: “Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles pueden ser contempladas con la inteligencia en las obras realizadas por Él, como su eterno poder y divinidad” (Rm 1,20). Además, el Padre viene al encuentro del hombre mediante sus profetas: “Muchas veces y de distintas maneras”, Él ha dirigido su palabra a su pueblo “por medio de los profetas” (Hebr 1, 1). Pero toda la creación y toda la actividad profética estaba orientada a cumplirse en la promesa de Dios: “Yo mismo buscaré (...) yo mismo conduciré a mis ovejas”. Esta promesa se realiza cuando, llegada la plenitud de los tiempos, Dios envía en la carne a su propio Hijo unigénito.

Él no es más “uno” que busca a las ovejas y las cuida “en nombre de Dios”, como los profetas; Jesucristo es Dios mismo hecho hombre. El Padre, en su Hijo, se encuentra “en medio” de sus ovejas que estaban dispersas.
 
En la Carta Apostólica Tertio millennio adveniente, del Beato Juan Pablo II, leemos: « Encontramos aquí el punto esencial. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo” (n. 6). Cristo, Verbo eterno hecho hombre, es la plena manifestación de la gloria de Dios y el definitivo cumplimiento del proyecto del Padre para el hombre.
 
El profeta Ezequiel revela que la condescendencia divina para con el hombre se manifiesta en la búsqueda de la criatura por parte del Señor: “Iré a buscar a la oveja perdida y devolveré la perdida al rebaño”. En Cristo Jesús, el Padre Dios no solo habla al hombre sino que lo busca. ¡Qué misterio profundo este comportamiento de Dios para con el hombre!
 
Todo el Cristianismo es el Padre que, en Jesucristo y en el Espíritu, busca al hombre. Esta búsqueda tiene su origen en la inescrutable intimidad de la Santísima Trinidad. Tiene su origen en la decisión del Padre de elegir a cada uno de nosotros, antes de la creación del mundo, para que fuésemos “santos e inmaculados en su presencia en el amor, predestinándonos a ser hijos adoptivos” (Ef. 1,4-5). «Por tanto Dios busca al hombre, que es su propiedad particular de un modo diverso de como lo es cada una de las otras criaturas. Es propiedad de Dios por una elección de amor: Dios busca al hombre movido por su corazón de Padre». (Juan Pablo II,  Tertio millennio adveniente, n. 7).

¿Por qué el hombre es buscado por el Padre? Porque, como enseña el profeta, los hombres estaban dispersos en los días nublados y oscuros”; y el Señor quiere hacerlos partícipes de la “suerte de los santos en la luz” (Col 1,12).
 
Afirma san Pablo en la lectura de hoy: “Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que mueren”. La búsqueda que Dios Padre hace del hombre alcanza su culmen en la muerte y resurrección de Jesucristo.
 
En Jesús de Nazaret, el hombre tantas veces buscado y finalmente encontrado, el hombre perdido desde hace tanto tiempo y finalmente traído a casa, el hombre tan herido y enfermo desde hace tanto tiempo, finalmente es curado. Y todo sucede en la muerte y resurrección de Cristo: “Porque si por causa de un hombre vino la muerte, por medio de un hombre vendrá también la resurrección de los muertos”, desde el momento en que “como todos mueren en Adán, así todos recibirán la vida en Cristo”. En efecto, Cristo, muriendo ha destruido al verdadero enemigo, la muerte.. Resucitando, Él nos ha donado la verdadera vida, y ha reconstituido en los hombres la dignidad de su primer origen. En Jesucristo, Dios ha obrado la liberación de la muerte eterna “nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo predilecto, por obra del cual tenemos la redención” (Col 1, 13-14 ), haciendo de nosotros un pueblo de sacerdotes, reyes y profetas.
 
¿Adónde apunta todo esto? A que “Dios sea todo en todos”, afirma también el Apóstol. La finalidad de todo es que permanezca Dios en lo íntimo del hombre y que el hombre pueda permanecer en la intimidad de Dios. La encarnación del Hijo de Dios tiene como fin la participación, por parte del hombre, de la misma vida de Dios. Esto es lo que celebra la liturgia de la Iglesia en este día solemne: el misterio del Padre que crea cada cosa y que, en el Hijo, busca incansablemente a cada uno, para que, liberados mediante la pasión redentora de Cristo y el don del Espíritu, cada hombre llegue a ser partícipe, en el Hijo, de la misma vida del Padre.
 
La realeza de Cristo consiste en el poder presentar al Padre al hombre redimido y hecho hijo de Dios, y a la humanidad reunida en la única Iglesia, su Esposa y su Cuerpo. El señorío real de Cristo es el cumplimiento de este plan admirable. Estamos llamados, ya desde ahora, a participar en él, pareciéndonos siempre más a Él, cooperando en la Iglesia a su mayor gloria y reconociéndolo realmente presente en cada hombre.

Para que esto suceda, es necesario que también las estructuras temporales, en su legítima autonomía, estén orientadas por los cristianos hacia la visibilidad de la realeza de Cristo en el mundo. No se da el señorío únicamente de una forma “íntima o espiritual”, sin un concreto y real señorío sobre y en la historia, visible también en la sociedad, en sus leyes y en la conciencia de que cada uno será llamado a dar cuenta de cada uno de sus actos al único verdadero Señor.
 
Que María Santísima y todos los santos, en los cuales el poder Real de Cristo ha obrado maravillas, sostengan a la Iglesia en la difícil y permanente obra de instaurare omnia in Christo!
 
Fuente: Congregatio pro clericis

1 comentario:

  1. Anónimo23.11.11

    Es una de las celebraciones que siempre me han impactado mas. El "Dia de Cristo Rey" EL domingo
    recien llegada de Bs.As., fui a Misa a la Categral de Asu., y realmente sali tremendamente bendecida de solo meditar que El es "Rey de Reyes
    y Senior de Seniores", es lo mas grande que nos habla de un Dios Grande y Todopoderoso, que siempre vela por la humanidad, que lamentablemen-
    te se ha paganizado cada vez mas y cada dia esta mas ciega...! Ayudanos Senior a volver a las fuen
    tes y a caminar juntos.!!!
    ETELVINA

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