"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

12 de noviembre de 2011

Entrevista a mons. José María Arancedo, flamante presidente del episcopado argentino


El flamante presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, advirtió que son “muchos” los desafíos que se le plantean a la familia hoy y consideró que “una buena política de Estado fortalecer los vínculos de la familia y que ella sea realmente la primera escuela de vida para sus hijos”.


“Muchas familias están como agredidas por ideas ajenas a lo que ellas piensan, y que se introducen dentro de su propia casa. Hay que tener en cuenta la importancia de la estabilidad, del trabajo. Hoy día pareciera que la familia estable fuera un discurso del pasado o de la derecha. Algunos piensan que para ser progresista hay que hablar de ‘otra familia’. No se pondera el amor, la fidelidad, la entrega”, criticó en una entrevista difundida al término de la 102ª Asamblea Plenaria, de carácter electivo, que se realizó esta semana en la casa de ejercicio El Cenáculo – La Montonera, de Pilar.


Entrevista

Entrevista completa difundida por la Oficina de Prensa de la Conferencia Episcopal Argentina:
 
¿Por qué le dicen “Toté”?
Es una cosa de familia. Una hermana mía, un año mayor, de chiquita no podía decirme José, decía “Toté” y ahí quedó hasta ahora.
 
¿Su familia tuvo que ver con su fe?
Sí. Una familia cristiana, en especial mi madre que fue una mujer de fe profunda, quedó viuda con 10 hijos, vivíamos en Témperley, provincia de Buenos Aires, y nos llevó a todos adelante sola. Su fe marcó. Y le tengo que agradecer, no solamente el don de la vida y de la fe sino incluso del sacerdocio como valoración de parte de ella.

¿Cuándo decidió su vocación sacerdotal?
A los 20 años entré al seminario pero en 4º, 5º año de la Secundaria ya el tema aparecía. Trabajaba en la parroquia de Témperley, en la Acción Católica, y ahí descubrí lo que era la vida comprometida de un laico cristiano. Creo que para mí el sacerdocio aparecía como una totalidad de lo que hacía como laico dándole a la parroquia un tiempo limitado. El sacerdocio me descubrió lo importante y a eso importante darle todo.

¿Cuál siente usted que es su mayor donación como obispo?
En el lema episcopal yo puse esa frase de Juan: “Padre, que sean uno como nosotros para que el mundo crea”. La unidad es un tema teológico, profundo, eclesial, que me ha movido mucho siempre. En esa línea pensé trabajar y también en el tema misionero con la conciencia de que permanentemente tenemos que dar el Evangelio. El banco de prueba de nuestra fe está en la comunión y en la misión.

Los medios de comunicación, a raíz de su designación al frente de la CEA, rescataron como su principal cualidad “lo dialoguista”. ¿Cómo lo vivió?
Tal vez me ponderaron demasiado, pero creo que soy dialoguista. Tengo algunos días en los que quizás no dialogo tanto. Algunos me dicen “usted escucha todo pero después hace lo que quiere”. A nosotros nos marcó mucho la figura de Pablo VI y sus encíclicas –con sus imágenes del diálogo y la evangelización— Ecclesiam Suam y despuésEvangelii Nuntiandi como una clave para interpretar el Concilio. Somos obispos que nacimos con el Concilio en el marco de la Iglesia-mundo como misión propia de la Iglesia. Existe para evangelizar, por lo tanto, su relación con el mundo es clave y ahí el diálogo aparece como un elemento importante.

Rescatando la cuestión de la pluriculturalidad y la globalización, ¿qué puede aportar la Iglesia a nuestro mundo tal como está planteado hoy?
La riqueza de la Iglesia es Jesucristo que es el mismo ayer, hoy y lo será siempre. Por lo tanto no hay una etapa postcristiana. No hay nostalgia de un pasado que fue sino la esperanza de un mañana que tenemos que construir desde Jesucristo. Él es el centro, se nos ha revelado, y esa revelación llega también a la inteligencia del hombre. La revelación también es verdad que está llamada a iluminar y dar sentido al hombre. No es solamente un sentimiento ocasional o un recetario de fe de respuesta a mis problemas. Es una verdad que da sentido a la vida del hombre. Como ser creado y como ser que camina en el tiempo, y hasta tiene sentido la muerte desde su fe. Por eso creo que para nosotros, en ese diálogo con el mundo, tenemos que compartir mucho de lo que es el centro de nuestra fe: Jesucristo. Él es la verdad revelada para nosotros y es eso lo que tenemos que ofrecerle al mundo.

¿Cómo ve ese mundo?
Es un mundo difícil, creo que ha perdido muchas cosas, se construye desde una libertad sin límites. Y es una libertad que debe ser como liberada. Cuántas veces el hombre aparece esclavo de su libertad porque no ha encontrado la verdad que lo haga libre. Es un tema fundamentalmente cultural el que tiene que hacer la Iglesia hoy día. Entendiendo la cultura en este plano.

¿Cómo ve el mundo de la información en el que la Iglesia está inmersa con su novedad?
Ya lo dijo el Papa: los medios son los areópagos modernos. La Iglesia tiene una verdad que comunicar por lo tanto los medios deberían ser lo propio de la Iglesia. Antes era el púlpito y ahora los medios son el modo a través del cual tenemos que transmitir una verdad que no se impone: se ofrece. Los medios para la Iglesia son necesarios. A veces no estamos preparados para actuar en los medios, nos falta saber cómo decir las cosas, el mejor modo. El medio es un instrumento. Hay que ver qué se le pone a los medios. Desgraciadamente, muchas veces los contenidos de los medios no elevan sino que se queda en un pasatismo que termina empobreciendo culturalmente al hombre. Por eso creo que la Iglesia puede hacer mucho en este tema.

¿Los comunicadores católicos le pueden dar un plus a los contenidos?
Deberían darlo. El desafío hoy es comunicar que no es repetir cosas, es transmitir un mensaje y hay que inculturarlo en el lenguaje del momento. Creo que ahí está la mediación de los comunicadores: saber transmitir y no repetir, sino iluminar. No es una tarea fácil pero hay que hacerla.

Usted trabajó en la Comisión Episcopal de Comunicación.
Me sentí muy bien ahí. He tenido buen trato con los comunicadores y con los periodistas tanto en Mar del Plata, donde fui obispo, como en Santa Fe. Tenemos que actuar frente a los medios sin complejos. Sabiendo que tenemos una verdad y que quien me está haciendo la nota no piensa como yo. Y no querer quedar bien con el otro diciendo lo que el otro piensa sino tener la libertad de decir lo que uno piensa con respeto, libertad, sin complejos. Creo que ésa es casi la mejor catequesis para tratar con lo diverso.

¿Qué desafíos ve que se le plantean a la familia argentina?
Muchos. En el mundo globalizado, la familia no solamente es transmisora de vida también es transmisora de valores en una cultura en un sentido muy amplio. Creo que es de una buena política de estado fortalecer los vínculos de la familia y que ella sea realmente la primera escuela de vida para sus hijos. Eso forma parte de una responsabilidad social. Muchas familias están como agredidas por ideas ajenas a lo que ellas piensan, y que se introducen dentro de su propia casa. Hay que tener en cuenta la importancia de la estabilidad, del trabajo. Hoy día pareciera que la familia estable fuera un discurso del pasado o de la derecha. Algunos piensan que para ser progresista hay que hablar de “otra familia”. No se pondera el amor, la fidelidad, la entrega. Algunas relaciones afectivas entre las personas no tienen horizontes, deseos de trascenderse en hijos. Hay un crecimiento del subjetivismo: “yo necesito hoy esto y mañana esto otro”. Se ha quebrado la donación que implica el amor.

¿Qué signos de esperanza detecta en nuestra sociedad actual?
La esperanza es el hombre creado por Dios con inteligencia, con voluntad, con libertad y como ser espiritual. Ese hombre es la esperanza en tanto que busca cosas nobles. A veces también por el absurdo llega a eso, después de un cansancio se da cuenta de que lo que tenía cerca es lo que él no valoró y era lo importante. Al hombre como ser espiritual, trascendente, no lo satisface cualquier cosa y a veces cosas que aparentemente duran poco. La gran riqueza es ese hombre visto en la totalidad. Una inteligencia, una voluntad, una dimensión espiritual. Esto se ve con jóvenes: el deseo de sinceridad, el deseo de la cosa noble y coherente, la transparencia, la ejemplaridad, cómo reclaman el valor de la familia. Estos son signos positivos.

Nos cuentan algunos de sus colaboradores santafesinos que es muy activo y andariego, que le gusta ir a las parroquias. ¿Algo de esta rutina piensa que se modificará en virtud de su nueva función?
No sé. Recuerdo que había un nuncio que decía que los obispos “no hagamos tantas circulares sino que circulemos más”. Estando cerca de los problemas y de la gente somos como una carta de Cristo, conscientes que la tarea de ser obispos —pastores— implica cercanía con las ovejas. El pastor ya nos marca. El pastor conoce, va adelante, ama, cura las heridas, cuida, da la vida. Todo lo que uno aprendió del Buen Pastor que es Jesucristo se nos exige. De todos modos creo que se agregan otras actividades porque voy a tener que venir más seguido a Buenos Aires para presidir la Conferencia Episcopal que es una expresión de colegialidad, de afecto colegial entre los obispos, y un servicio pastoral. Por lo tanto, como presidente tendré que estar también cerca de las diversas comisiones, todo lo que es el andamiaje de una conferencia episcopal.

¿Ya conversó con sus compañeros de equipo?
¡Sí! Ayer fuimos a ver a la Presidenta y, a la vuelta, con los cuatro que estuvimos conversamos mucho. Somos elegidos y uno piensa que cuando la gente elige —porque no hay listas en las que uno se propone para ser presidente y vice— eso depende del silencio, de la oración de cada obispo que en conciencia votó. Detrás de ellos está Dios que los ha movido, su Espíritu Santo. Pienso que Dios es el responsable.

¿Cómo resuena en usted el encuentro con la Presidente de la Nación?
Fue muy cordial. Lo agradecemos porque a las pocas horas que pedimos la reunión ella inmediatamente nos dio la audiencia y estuvimos 45 minutos o más. Larga la charla, muy distendida ella, también nosotros, conversamos con mucha libertad. Fue un encuentro cordial y muy útil para las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno. Es útil todo aquello que pueda ser vehículo de diálogo. Hablamos de todo. Le dijimos “somos pastores”, por lo tanto, los temas que tocamos no son desde una óptica político-partidaria opositora u oficialista sino desde nosotros, como pastores, con fidelidad al Evangelio y al servicio del hombre. Por eso creemos que la relación de la Iglesia y el Gobierno tiene que moverse en esa sana autonomía y también cooperación en el bien común y al servicio del hombre. Hablamos de la vida, del matrimonio, de la familia, de la pobreza, de la educación, de la cultura. Son temas que en la Iglesia siempre están presentes porque forman parte de la resonancia temporal del Evangelio. No podemos no hablar de lo social. Cristo estaría cerca del pobre. Nosotros tenemos que estar cerca del pobre y no es una estrategia demagógica. Es fidelidad y si no nos ven cerca, recuérdennoslo. Hay sinceridad y libertad en lo que decimos, tenemos una relación madura, libre, responsable, en la que podemos conversar. Le entregamos un regalo que nos pareció oportuno, un ícono de una escuela de Buenos Aires, de arte religioso bizantino, con la imagen del Buen Pastor. Ella lo recibió con mucha emoción, no lo esperaba. “Yo no tengo un regalo para darles”, dijo la Presidenta al recibirlo. Después —se ve que los mandó pedir— nos regaló a cada obispo, a la salida, un libro muy bien ilustrado sobre la Casa Rosada de reciente aparición.

En esta reunión también estuvieron presentes el canciller Héctor Timerman, el jefe de Gabinete Dr. Aníbal Fernández y el embajador Oliveri. ¿Participaron de la conversación?
Sí. Aunque lo más importante no fue lo que se dijo sino el gesto. Porque hablamos de todos los temas y ellos escucharon lo que piensa la Iglesia. La Presidenta lo conoce. En esto hay una continuidad con el camino de la Iglesia en la Argentina. No es que el Gobierno no sepa lo que piensa la Iglesia. Pero, como nuevas autoridades elegidas, nos parecía que era oportuno ir.

¿Sigue a Racing los domingos?
Escucho los partidos cuando puedo, mi corazón sigue cerca en Avellaneda.

¿Escucha música?
Cuando voy en el auto. Tengo algunos compacts de música clásica, Pavarotti, la gregoriana, folklore y tango. A mí el tango me gusta mucho. Troilo del 40. Me gusta toda la música.

¿Cómo se lleva con la tecnología?
No tan bien. Tengo computadora, escribo, uso mail, pero estoy en el primer nivel, el colegio primario. No creo haber llegado al secundario, pero la utilizo, incluso para informarme. La lectura de los diarios a la mañana la hago por Internet. Los diarios de Buenos Aires no me llegan tan temprano.

¿Le interesan las noticias, le modifican el día?
Me gusta leer el diario, es costumbre. A veces cambia el humor con las noticias. Uno quisiera no escuchar tantas cosas pero hay que escucharlas. Cuando aparece la degradación de lo humano —crímenes, trata, violaciones—, ¿cómo hemos llegado hasta acá? Habrá explicaciones, pero ¡qué cosa que el hombre produce esto!, duele. Me duele cuando leo noticias que hablan de las consecuencias del consumo de drogas, los chicos que se drogan y que después yendo a los barrios uno lo comprueba y es hasta difícil dialogar con ellos.

¿Cuáles son los temas básicos en los que la Iglesia puede dar un mensaje verdaderamente transformador?
Primero el anuncio del Evangelio. La Iglesia tiene que mirarlo a Jesucristo siempre. Y predicarlo. Y vivirlo. El tema de Jesucristo es central y hay que hacerlo vida. Ahí aparece el tema de la familia, la vida, la educación, la dignidad del hombre y el trabajo, la cultura del trabajo. Estos son los temas que tienen que estar permanentemente en agenda pero desde ese Jesucristo que debe iluminar. Cristo no ocupa el lugar de nadie. Ilumina el lugar de todos: un noviazgo, una familia, un país. No es para ocupar el lugar de otro; hay una autonomía de lo temporal que respetar, pero hay una luz para eso temporal que es Jesucristo. Y la Iglesia tiene que ofrecerlo. El centro es el mensaje de Jesucristo y verlo en la dignidad del hombre, los derechos humanos, en la familia, en la vida, en la educación, en la opción por los pobres. La opción por los pobres no es una estrategia: es una fidelidad al Evangelio. Este Papa, cuando fuimos a Aparecida, dijo: “La opción por los pobres es un tema cristológico”. No se puede obviar este tema. Cristo hizo la opción por los pobres. Él ha escondido su dignidad en el rostro del pobre. Una Iglesia que no esté cerca del pobre no sería fiel a Jesucristo.

¿Cómo fue su vivencia de Aparecida?
Muy buena. Todo fue bueno. Incluso el lugar mismo. En algún sentido parece Luján, yo no conocía, todo a la brasilera, con gran atención pastoral. Fue una conferencia que se hizo en el santuario. Llegábamos a las 8 de la mañana, rezábamos de laudes, celebrábamos la misa y nos quedábamos todo el día en el santuario. Debajo, en la cripta había salones para reunirnos. Fue una reflexión hecha en un santuario. Uno de los temas que salieron fue cómo transmitir la fe en el mundo de hoy. Y apareció lo luminoso de Benedicto: “una fe que tiene que hacerse cultura” y no esa gris monotonía de una fe que no convence. Y surgen esas palabritas: discípulos y misioneros del Evangelio. Una Iglesia que tiene que vivir la intimidad con Jesucristo como discípula, y también el protagonismo misionero de ser enviados. Discípulos y misioneros fue la clave interpretativa de una espiritualidad, de una pertenencia a la Iglesia, de un vivir la fe. Cuánta gente está viviendo la fe, tal vez, en torno a una serie de creencias pero donde el discipulado se ha enfriado. El Apocalipsis nos diría: “Tengo que reprocharte que tu amor primero se ha enfriado”. Hay que revitalizar ese discipulado y también comprometerse en lo concreto de la Iglesia. No en un planteo teórico, sino cada comunidad parroquial, cada capilla comprometerse en lo misionero, en la pertenencia. A veces nos quedamos defendiendo una doctrina y nos olvidamos que esa doctrina es para transmitirla y ser misioneros.

¿Alguna partecita del Evangelio que lo conmueva mucho?
Mi lema de ordenación episcopal, el Evangelio de Juan, capítulo 17, esa larga oración de Jesucristo que, al final, da como las claves interpretativas de lo que nos ha dejado. “Padre, que sean uno para que el mundo crea.” La unidad no es para fortalecer una corporación. La unidad es para expresarlo a Dios. Él es comunión. “Que sean uno como nosotros.” Vivir entonces nuestra fe en esa dimensión: profundamente enraizados en el misterio de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¿Que le pide puntualmente a Jesús hoy?
Que me acompañe, que esté con nosotros, yo estoy acá como los de Emaús: “Señor, quedate con nosotros que te necesitamos”. Y pedir la gracia de ser fiel a lo que Él me dice en su Evangelio, a través de mis hermanos.
 
Fuente: AICA

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