"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

2 de octubre de 2011

Domingo XXVII del tiempo ordinario. Ciclo A



Isaías 1, 5-7
Filipenses 4, 6-9
Mateo 21, 33-43
 

«La viña  del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; los habitantes de Judá son su plantación preferida”. Con estas palabras, el profeta Isaías nos ofrece el horizonte interpretativo de la parábola de Jesús. Él es el Hijo enviado por el Dueño de la viña a recoger los frutos. Algunos elementos asumen un relieve particular, sobre todo para nuestro tiempo actual.
 
Antes que nada, la Viña no es de los viñadores. La experiencia fundamental de la vida humana se encuentra en que nos es “dada”. Nadie es dueño de la vida, porque ninguno es autor de la vida. La vida es un don y, con ella, el cosmos en el cual estamos nos es dado.
 
Esta experiencia universal, tan evidente como oscurecida por la cultura dominante y por una idera restringida de la razón, es el horizonte en el cual se vive y se actúa. Todos estamos trabajando en la viña del Señor: hombres y mujeres que viven y actúan en un contexto que les es dado, del cual de ninguna manera pueden adueñarse plenamente y que un día, inevitablemente, les será quitado. Esta experiencia, lejos de entristecer la vida, la hace más fascinante, llena de significado y responsabilidad, justa y cierta, porque no es vida huérfana sino que está totalmente “en relación” con el gran diseño de Dios.
 
Para llamar constantemente a los hombres a esta realidad, el Señor ha elegido un pueblo en la historia para que fuese luz para todas las naciones, y ha enviado muchos profetas para que recondujeran a ese pueblo, y en él a toda la humanidad, a la verdad de la relación entre los hombres y el cosmos, entre los hombres y Dios.
 
El don más grande que el “dueño de la viña” podía hacer a los “viñadores”, para reconducirlos al deber de “dar fruto”, era enviar a su propio Hijo.
 
Aquí se inserta de manera dramática, en la parábola y en la historia,  el mentiroso, el cual consigue hacer creer a los hombres que eliminando al Hijo de Dios, proximidad última en la carne, del Misterio, podrán llegar a ser “dueños” de sí mismos y de la realidad.
 
¡Nunca una mentira más grande se insinuó en el corazón humano! Eliminar a Dios significa ir al encuentro de la propia destrucción, a la pérdida del centro y del significado; significa perderlo todo, ser expulsados de la viña y no poder más, en ningún caso, dar fruto.
 
La condición para poder continuar “trabajando en la viña”, para ser partícipes de la obra del Reino, es dar fruto. Si como cristianos no lleváramos fruto y no reconociéramos humildemente que cada fruto deriva de la gracia de Dios, con la que cooperamos libremente, nos autoexcluiremos de la viña.
 
Misteriosamente, el rechazo y el darle muerte al Hijo ha dilatado los confines del Reino, haciéndolo universal, es decir, católico, como constitución y como vocación: efectivamente, todos los hombres están ordenados hacia la Iglesia.
 
Agradecidos por este grandioso proyecto en el cual, sin mérito nuestro, somos introducidos, vivamos la exhortaciòn del Apóstol: «Todo lo que es verdadero, todo lo que es noble, lo que es justo, lo que es puro, lo que es amable, lo que es honrado, lo que es virtuoso y merece alabanza, sea objeto de vuestros pensamientos” (Fil 4,8).
 
La santísima Virgen María, viña mística, en la cual ha germinado el fruto más hermoso de la historia, nos sostenga en el camino de la vida y nos haga capaces de dar los frutos que Dios espera de nosotros.
 
Fuente: Congregatio pro Clericis

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