"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

23 de septiembre de 2011

Benedicto XVI: "quien cree en Cristo, tiene futuro"

A las seis de la tarde, el Papa Benedicto XVI llegó en coche al Olympiastadion de Berlín para celebrar la Santa Misa ante un gran número de fieles alemanes y peregrinos provenientes de países vecinos. Hace quince años, el Beato Juan Pablo II presidió en este mismo lugar la beatificación de Karl Leisner y Bernhard Lichtenberg.



 El Santo Padre glosó en su homilía la parábola de la vid y los sarmientos del Evangelio de hoy, y explicó que cuando Jesús afirma “Yo soy la verdadera vid”, “significa en realidad propiamente: ‘Yo soy vosotros y vosotros sois yo’; una identificación inaudita del Señor con nosotros, su Iglesia. (…) En este mundo, Él continúa viviendo en su Iglesia. Él está con nosotros, y nosotros con Él”.

En la parábola, Cristo asegura que “el Padre es el labrador” que corta los sarmientos secos y poda los que dan fruto para que den más. Esta imagen significa, dijo el Santo Padre, que Dios “quiere darnos vida nueva y llena de fuerza. Cristo ha venido a llamar a los pecadores. Son ellos los que necesitan el médico (…) Y así, como dice el Concilio Vaticano II, la Iglesia es el ‘sacramento universal de salvación’ que existe para los pecadores, para abrirles el camino de la conversión, de la curación y de la vida. Ésta es la verdadera y gran misión de la Iglesia, que le ha sido confiada por Cristo”.

Razones del desencanto ante la Iglesia

Sin embargo, “algunos miran a la Iglesia quedándose en su apariencia exterior. De este modo, la Iglesia aparece únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la Iglesia. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, grano y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y profundo de la Iglesia”.

“Por tanto, ya no brota alegría alguna por el hecho de pertenecer a esta vid que es la Iglesia. La insatisfacción y el desencanto se difunden si no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la Iglesia y los ‘ideales sobre la Iglesia’ que cada uno tiene”.

Más adelante, el Papa explicó que Jesús nos invita a permanecer en El, diciendo que “como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. (…) Al que no permanece en mí lo tiran fuera como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego”.

“La opción que se plantea –aseguró Benedicto XVI- nos hace comprender de forma insistente el significado existencial de nuestras decisiones de vida. Al mismo tiempo, la imagen de la vid es un signo de esperanza y confianza. Encarnándose, Cristo mismo ha venido a este mundo para ser nuestro fundamento. En cualquier necesidad. (…) Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida. Lo importante es que ‘permanezcamos’ en la vid, en Cristo”.

Ello es de especial importancia “en nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad es frágil y efímera (…) El Señor resucitado nos ofrece aquí un refugio, un lugar de luz, de esperanza y confianza, de paz y seguridad. (…) En Cristo hay futuro, vida y alegría”.

El Papa subrayó que permanecer en Cristo significa “permanecer también en la Iglesia. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. (…) En esta comunidad, Él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. (…) Nosotros no creemos solos, sino que creemos con toda la Iglesia”.

“La Iglesia como mensajera de la Palabra de Dios y dispensadora de los sacramentos nos une a Cristo, la verdadera vid. (…) La Iglesia es el don más bello de Dios. (…) Con la Iglesia y en la Iglesia podemos anunciar a todos los hombres que Cristo es la fuente de la vida, que Él está presente, que Él es la gran realidad que anhelamos. (…) Quien cree en Cristo, tiene futuro. Porque Dios (…) quiere las cosas fecundas y vivas, la vida en abundancia”.

Para terminar, el Santo Padre expresó su deseo de que los fieles descubran “cada vez más profundamente la alegría de estar unidos a Cristo en la Iglesia, que podáis encontrar en vuestras necesidades consuelo y redención y lleguéis a ser cada vez más el vino delicioso de la alegría y del amor de Cristo para este mundo”.

Tras la celebración eucarística, Benedicto XVI se trasladó en coche a la Nunciatura Apostólica, donde llegó alrededor de las nueve de la noche.


Fuente: VIS - Vatican Information Service

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