"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

1 de julio de 2011

Mons. Mollaghan: " El sacerdocio que brota del amor de Cristo no es un simple oficio o una función que se ejerce en algunos momentos del día"



Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en la misa de san Pedro y san Pablo (29 de junio de 2011)
 

Queridos hermanos:
 
Celebramos la Misa de la solemnidad de san Pedro y san Pablo, una de las fiestas más antiguas del año litúrgico; y que el pueblo de Dios recuerda con fervor.
 
También celebramos con gratitud a Dios los sesenta años de la ordenación sacerdotal del Santo Padre Benedicto XVI, que fue ordenado providencialmente en este día y que hoy celebra su aniversario como Obispo de Roma y como sucesor de San Pedro. Nos unimos al Santo Padre en una feliz acción de gracias junto con los sacerdotes y los fieles, por su testimonio y entrega a lo largo de estos años.
 
En esta Misa celebramos las Ordenaciones sacerdotales de cuatro diáconos de nuestra Arquidiócesis de Rosario, D. Silvio Daniel Almarás de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, de Casilda; D. Cristian Esteban Báes de la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, de Pueblo Esther; D. Javier Darío Carbone, de la Parroquia y Catedral de Rosario; D. Pablo Tarcisio Siegel, de la Parroquia Sagrado Corazón de Rosario, que han hecho durante varios años su camino de preparación al sacerdocio en nuestro Seminario san Carlos Borromeo.
 
Columnas de la Iglesia
 
San Pedro y san Pablo, a quienes celebramos son dos columnas de la Iglesia: Pedro, fue elegido por el Señor para ser la roca, el primero en confesar la fe. Pablo, es el Apóstol, a quien recordamos como el maestro, que la interpretó y la dio a conocer.
 
Como decimos en el Prefacio, Pedro fundó la primera comunidad de la Iglesia con el resto de Israel; Pablo con inmenso ardor la extendió entre los paganos (cfr. Pref. Misa); y ambos dieron su vida y fueron coronados por el martirio.
 
En la página del Evangelio que escuchamos se narra un episodio central para la misión que el Señor le va a encomendar a Pedro, y contiene enseñanzas que son fundamentales para nuestra vida de fe. Particularmente el diálogo entre Jesús y sus discípulos, en el que Simón Pedro le responde decididamente a Jesús, reconociéndolo como el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt.16, 18).
 
“Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”
 
Fue entonces que Jesús, a su vez, ponderó la fe de Pedro, y respondió eligiendo para él un nombre y le confió una misión: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18).
 
Aquel hombre pescador, de carácter fuerte y fogoso, que juró dar la vida por Jesús, pero que también lo negó tres veces antes que cante el gallo, ahora es la roca, la piedra; y sobre esta piedra Jesús quiere edificar su Iglesia viva, en la que Pedro tendrá la misión central, de presidirla en la fe y el amor.
 
Ustedes queridos diáconos, serán ordenados en este día sacerdotes. Así como el Señor eligió a Pedro para una misión en su Iglesia; así también los elige a ustedes para ser sus sacerdotes.

Seguramente cada uno hoy recorrerá su historia, pensará en su propia vida, se sentirán como muy pequeños comparados con la grandeza de lo que van a recibir, porque conocen quiénes son, sus propias limitaciones, y su vida.
 
“Ya no los llamo siervos… sino amigos” (Jn 15,15)
 
Sin embargo, el Señor por medio de su Iglesia, los elige y los llama. Desde hoy, -como recordaba el Papa Benedicto XVI, conmemorando su Ordenación sacerdotal-, resuenan de un modo especial las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan: “Ya no los llamo siervos… sino amigos” (Jn. 15,15).

Se trata de la amistad con Jesús, que es Él mismo quien la inicia, porque nos da a conocer todo lo que escuchó de su Padre (Jn 15,15), y a su vez nos une a Él con características de intimidad y de entrega.
 
Esta amistad tiene lugar a través de su amor, que se alcanza, como nos dicen los versículos que siguen, por el sacrificio, “dando la vida por los amigos” (v.13); se enriquece por la obediencia, ”si hacen lo que les mando”, (V.14); y también se sella por el compromiso y la fidelidad “para que vayan y den fruto” (v.16). De este modo, el mismo Jesús completará esta iniciativa suya de llamarlos sus amigos, abriéndola también a sus hermanos: “esto es lo que les mando, que se amen los unos a otros” (Jn. 15,17).
 
El sacerdocio no se comprende sin esta donación y atracción del amor de Jesús, que exige siempre correspondencia. Por ello ustedes recibirán con la Ordenación sacerdotal la misión de unirse a la mediación sacerdotal de Jesucristo, intimidad con Dios y solidaridad con los pecadores, clave del nuevo sacerdocio de Cristo, “para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y ser indulgente con los ignorantes y extraviados” (Heb.5, 1).
 
Dios los elige, y los hace suyos para siempre
 
Dios quiere de ustedes un corazón sacerdotal. Por eso el sacerdocio que brota del amor de Cristo, no es un simple «oficio», o una función que se vive solo en algunos momentos del día, o que tiene paréntesis intermitentes en la semana, o en el año; sino que un sacramento que toma nuestra vida en su integridad: Dios los elige, se vale de ustedes, con sus limitaciones y talentos, y los hace suyos para siempre; para estar más dispuestos a amarlo y servirlo en su Iglesia, y más presentes entre los hombres y actuar a favor de ellos en aquello que le pertenece a Dios..
 
Esta es la audacia de Dios, que los elige, y atrae, y los considera capaces de actuar en su nombre, anunciar su Palabra, consagrar y ofrecer su propio cuerpo en la Eucaristía, ser indulgentes y perdonar los pecados en su nombre, y reunir como un padre a la comunidad cristiana. Esta audacia de Dios, queridos hermanos, es realmente la mayor grandeza que se oculta en este don supremo del «sacerdocio» que hoy van a recibir. (cfr. Benedicto XVI, 11.VI.2010).
 
Sin embargo, el hecho de que Jesús nos ofreciera su Cuerpo y su Sangre por amor, y que perdonara nuestros pecados, tuvo su precio, y fue su entrega en la cruz, que deja percibir desde la fe la grandeza del amor de Dios. Allí Jesús afronta su “hora”, con una profunda oración, que consiste en la unión de su propia voluntad con la del Padre.
 
Esto es lo que hizo Jesús en la Última Cena: ofreció pan y vino, e instituyó para siempre su nuevo sacerdocio, condensando así su acto de amor y su propia misión salvadora. En ese acto supremo está todo el sentido del misterio de Cristo, como lo expresa la Carta a los Hebreos: "Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con clamor y lágrimas, fue escuchado…” (5,8-10).
 
También ustedes están llamados a vivir unidos a Cristo sumo y eterno sacerdote este ofrecimiento sacerdotal de sus propias vidas, aceptando la cruz, que deben tomar como discípulos para poder seguirlo.
 
En este sentido tendrán que asumir las pruebas, desde la óptica del amor redentor de Cristo. Pruebas y momentos difíciles de toda clase: porque el mundo no entiende ni acepta frecuentemente como creíble su misión, porque muchos desconocen a Cristo, o también se olvidaron de él.
 
No teman “devolver bien por mal”; como discípulos tomen cada día la cruz para seguirlo, y recen siempre por quienes los ofenden, y expandan el bien, como Jesús que pasó su vida haciendo el bien y derramando su gracia.
 
El sacerdocio que van a vivir y el celibato por el Reino, es un "sí" definitivo al amor de Dios
 
Para el mundo que no cree, el mundo para el que Dios no cuenta, la vida sacerdotal y nuestra vida de celibato por el Reino es muchas veces incomprensible, porque muestra precisamente que Dios está cerca y es vivido con esta opción profunda de vida. Porque el sacerdocio que van a vivir y el celibato por el Reino, es un "sí" definitivo al amor de Dios, es un dejarse tomar de la mano por Dios, es entregarse a Él; y es por tanto un acto de fidelidad y de confianza (cfr. Benedicto XVI, ib).

Por ello, estén seguros de que la Iglesia es el camino para sus vidas; porque es la Iglesia de Jesús. Que nunca nuestra vida pueda contribuir a desfigurar algo su rostro. Ustedes son de Dios, y Él es fiel, y estará siempre con ustedes. En cambio la infidelidad viene de nuestro corazón y solo de nuestro corazón, que fue abandonando la amistad con Jesús.
 
Ustedes, queridos diáconos hoy son llamados a ser sacerdotes; “tomados de entre los hombres, al servicio de los hombres en aquello que se refiere a Dios” (Heb.5,1), mediadores en Cristo, amigos suyos con un carácter sacerdotal y una disposición nueva de sus vidas, a través de un llamado que se consolida con la imposición de las manos, y se vive amando incondicionalmente a Jesucristo, a su Palabra y a la Eucaristía, que lo imita perdonando los pecados de sus hermanos, y llevando cada día la cruz ser sus discípulos, y siguiendo un camino de fidelidad a su Iglesia, por la que Pedro y Pablo dieron su vida.
 
Para ello, la relación con Cristo, la oración personal debe ser una prioridad para mi bien y el de mis hermanos, y es condición para nuestro trabajo por los demás. Justamente, aplicando las palabras de san Carlos Borromeo, que le da el nombre a nuestro Seminario, podría decirles: “No descuiden su propia alma: si la propia alma está descuidada, tampoco podrán dan a los demás lo que realmente deberían dar. Por tanto, también deben tener tiempo para ustedes mismos.
 
Recordemos una escena del capítulo 6º de San Marcos, en el que los discípulos querían hacerlo todo, y el Señor les dice: “Vengan también ustedes aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco" (cfr Mc 6,31). También éste es trabajo – diría – pastoral: encontrar y tener la humildad, el valor de aprender a descansar cada día, y ofrecerle un tiempo a Dios (cfr. Benedicto XVI, 15.VI.2010). En este sentido, la oración personal, sobre todo la liturgia de las Horas, es el alimento fundamental para nuestra vida sacerdotal, y para todas nuestras acciones.
 
Fidelidad al Papa
 
Como dijimos al comenzar, en la Fiesta de San Pedro y San Pablo recordamos fervientemente al Papa Benedicto XVI, en su día y celebrando en esta ocasión sus 60 años de Ordenación sacerdotal. Rezamos por él, que confirme en nosotros la verdadera fe que salva y reavive nuestra vida y nuestra vocación cristiana.
 
Que el amor al Papa y la adhesión filial a su enseñanza permanente de Supremo Pastor de la Iglesia sea para todos un faro luminoso, que mantenga encendida en nuestro corazón la luz de la verdad, que ilumina con claridad la vida de sus hijos y de la humanidad.
 
La Virgen, Madre de la Iglesia, los proteja y los acompañe a todos, especialmente a ustedes, queridos diáconos que fueron presentados para la Ordenación sacerdotal, a sus papás y mamás, a sus hermanos, a sus familias y amigos, así como también a sus parroquias de origen y de apostolado conjuntamente con sus párrocos y sacerdotes. Que Ella siga sosteniendo como Madre al Seminario y a sus formadores. Que nuestra Madre del Rosario los acompañe siempre.
 
Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario
 
Fuente: AICA

1 comentario:

  1. Anónimo1.7.11

    Tu eres, sacerdote para siempre...! El sacerdocio
    es un llamado, una vocacion. Al mismo tiempo que
    aprendia a hablar, aprendia estas verdades funda-
    mentales de la Fe. Al vivir en un hogar profunda-
    mente cristiano, se me ensenio que un sacerdote
    era la imagen de Cristo en la tierra y muy a pe-
    sar de los errores, o caidas que pudieran tener, no solo no los juzgo, sino que sigo pensando lo
    mismo...!

    ETELVINA

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