"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

2 de febrero de 2011

Simeón en la Presentación del Señor


Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor". También debían ofrecer un sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel». (Lucas 2, 22-32)


La presentación del Señor en el Templo solamente es relatada por Lucas en el llamado “Evangelio de la infancia” (Mt 1-2 y Lc 1-2), esto nos da cuenta de una clara diversidad en los evangelistas. Resulta interesante recordar que la instrucción “Sancta Mater Ecclesia” de la Pontificia Comisión Bíblica allá por 1964, bajo el pontificado de Pablo VI, aunque esta instrucción fue solicitada por el Papa Juan XXIII, aportaba algo sustancial a la hora de interpretar el Nuevo Testamento, distinguiendo tres etapas en la Tradición primitiva: 1) Jesucristo, 2) los apóstoles y 3) los escritores sagrados. Por eso, es importante tener en cuenta que san Lucas en su versión evangélica debió hacer una selección del material, sintetizar algunos elementos, desarrollar otros y adaptar el Mensaje a la situación de la Iglesia en ese momento. Es decir, moverse como un verdadero escritor y además inspirado por el Espíritu Santo. Todo esto no fue hecho sólo para conservar un recuerdo del Señor. Entonces, podemos entender que la intención de san Lucas no fue la de ofrecernos una “biografía” de Jesús sino algo mucho mejor para predicar y conducir a la fe de Cristo y para dar a la Iglesia una base en la fe y las costumbres. Así, nos muestra un cuadro de la presentación del Señor en el Templo, algo que se realiza en virtud de la Ley mosaica y que en el tiempo de Jesús no era ya obligatorio, pero que perfectamente encaja en la descripción de Jesús como el Consagrado a Dios por excelencia. Ahora bien, me gustaría que nos concentremos en la declaración de Simeón, el himno “Nunc dimittis” que rezamos en las Completas de la Liturgia de las Horas.

Simeón podría ser cualquiera de nosotros, si caminamos en santidad: Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso. Su nombre “Shimón” en hebreo significa “ha oído”, del verbo “shamah” (oír) y según la etimología popular que encontramos en Gn 29,33 deducimos que es: “Dios ha oído”. En él encontramos revelación: El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor; y también acción inspirada: Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo… Sin embargo, hay algo que resulta clave para entender por qué Simeón pudo gozar del encuentro con el Mesías y es que él esperaba el consuelo de Israel. La esperanza de Simeón no era egoísta, no era para él solo, su esperanza estaba enraizada con su identidad judía, con su participación en el Pueblo de Dios.

A veces, escuchamos a personas que nos dicen que se aburren en la Santa Misa, aduciendo argumentos de una falta de “aggiornamento” a la Liturgia con respecto a ciertas costumbres temporales, como si ésta pudiera adaptarse a cualquier capricho secular. Es cierto que la Liturgia así como la comunicación de la Palabra de Dios ha evolucionado desde hace 2000 años, pero también es cierto que esto no se hace “a piacere” sino que guarda relación con nuestra esperanza y esencialmente comunica el mismo Mensaje. Cada vez que nos encontramos con el Mesías en la Eucaristía podemos cantar como Siméon: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel». Esta visión que tenemos del Señor y la salvación que nos ha traído no se realiza físicamente sino que Dios nos habla al corazón y acudimos a Él por una acción asistida por el Espíritu Santo, pero para que esto tenga lugar en el interior tenemos que caminar en santidad y anhelar la realización de nuestra esperanza en relación a nuestra identidad católica. De lo contrario, caemos al pensar como aquellos que creen que la Misa puede “formatearse” según la concupiscencia habitual de cada quien (cf. Santiago 1,13-15). Esto no responde a una diversidad y flexibilidad, lo cual es sano y maravilloso, la expresión de diversas espiritualidades o a una necesaria inculturación sino, al contrario, a una división en la pastoralidad, perdiendo lo sustancial por lo accesorio en una experiencia masificante que no busca la conversión sino entretener a la gente, como es el caso de las “misas-show” con bolas espejadas, humo, luces sicodélicas, reggaetón, etc. La Liturgia romana se ha de desarrollar en un clima de sobriedad, simplicidad y nobleza.

Debemos poner nuestra atención en Simeón y su esperanza, “Dios ha oído”. No busquemos nuestro egoísta “bienestar” sino al Señor, identificados con la Iglesia, porque solo en Él podemos estar bien. Eso nos trae bendiciones tales como pensamientos y acciones asistidas por el Espíritu Santo y el encuentro con Jesucristo. (PCD).

Editorial de Prensa Cristiana Digital 35 (2011) 2

2 comentarios:

  1. EL LAGARTO JUANCHO2.2.11

    Está bien dicho, sin comentarios...

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  2. Anónimo2.2.11

    Silencio... y conversión ¡Gloria al Señor! ¡Bendito y glorioso por los siglos! Amén

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