"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

2 de febrero de 2011

Jesús no hace referencia a la pobreza material sino a los que con disposición del corazón son llamados "pobres de espíritu"


Homilía de monseñor Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, para el cuarto domingo durante el año (30 de enero de 2011)

En este domingo la Liturgia de la Palabra nos hace ver cómo Dios anuncia la salvación a los humildes; la perdición a los soberbios y rebeldes y que de Israel quedará un “resto” de gente humilde y pobre: “dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor (Sof.3, 12). Este resto será llamado “el Resto de Israel” a quien Jesús viene a anunciar y traer la salvación y por eso no es de extrañar que en el Sermón de la Montaña, el plan del Señor se abra con esta exclamación: “dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt.5, 3). Sabemos que Jesús no hace referencia a la pobreza material sino a los que con disposición de corazón -por su humildad- son llamados “pobres de espíritu”.


Son los necesitados de Dios y ávidos de su Palabra; son los que no han fundado su seguridad en sí mismos ni en los bienes terrenales sino en Dios y solamente en Él. La pobreza material es bienaventurada solamente en la medida que conduce al hombre a esta actitud interior. De otra manera no podríamos decir que el Señor ha venido en búsqueda de todos y especialmente de las ovejas perdidas y de los pecadores. Por otra parte tengamos presente que Lázaro -el “amigo del Señor”- no era pobre materialmente, como tampoco lo era Zaqueo y otros.

Así también, las otras bienaventuranzas hay que entenderlas en este mismo sentido, por ejemplo: “dichosos los que lloran”; es decir los que aceptan con humildad las tribulaciones de la vida y creen que Dios tiene derecho a probarlo en las tribulaciones y el sufrimiento y no dudan del amor de Padre. Recordemos las mismas palabras del Señor: “yo azoto a los que amo”.

“Dichosos los sufridos”, los que a pesar de ser pobres y estar atribulados no procuran por la violencia una situación mejor ni intentan avasallar a los otros creando divisiones y desencuentros vanos.

“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”, no para gritarla al mundo solamente, sino que aspiran a poseer para sí mismos y para el mundo una “virtud mayor” que se alimenta en el corazón. Son aquellos que impulsados por la Palabra y las obras de la fe buscan dar a cada uno lo suyo, dignificando al hermano en la paz del corazón. La virtud de la justicia se desprende del “amor a Dios” y a sus designios que pasan por la dignidad de cada hombre que es un “hijo de Dios”. El justo es aquel que sabiéndose hermano de los demás, sabiéndose necesitado de Dios, humildemente y con su auxilio, busca la dignidad de cada hombre sobre la tierra procurando el Bien Común”.

“Dichosos los misericordiosos” que conscientes de su propia poquedad y miseria se compadecen de las miserias de los demás y tienen para con el prójimo una actitud de benevolencia.

“Dichosos los limpios de corazón”, que no teniendo el espíritu oscurecido por las pasiones o el pecado, son capaces de sentir en su interior la necesidad de Dios y de su Reino, buscándolo porque lo necesitan y no son plenamente felices sin la pureza y la presencia del Espíritu de Jesús en sus corazones.

“Dichosos los pacíficos” que estando en paz con Dios van sembrando en su camino la paz que engrandece al hombre y a la Patria.

“Dichosos los perseguidos por la justicia”. Aquí Jesús hace referencia a aquellos que por el Evangelio y las cosas santas serán perseguidos e insultados y llevados a los tribunales humanos. Es casi una profecía dirigida a los discípulos y a los mártires del Evangelio. Son los que no confían en los recursos materiales o morales, sino tan sólo ponen en Dios su confianza. En vez de encontrar satisfacción en los bienes terrenos, confían en su Señor. Son los que en vez de satisfacerse de los bienes terrenos, viven a la espera de los bienes celestiales que dan plenitud al alma. Justamente a los “pobres de Yavé” se les promete estos bienes: Dios, su reino y su misericordia, su visión en la gloria y bienaventuranza eterna. La disposición del corazón es indispensable para alcanzar estos bienes del Señor.

Que la bienaventurada Virgen María, humilde y dispuesta de corazón frente al Señor, nos acompañe en la posesión de las bienaventuranzas del Señor.

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú

Fuente: AICA

1 comentario:

  1. Anónimo3.2.11

    Las Bienaventuranzas no solo eran para los tiem-
    pos de los Evangelios, sino que siguen vigentes
    para el mundo hoy. Poderlas vivir, requieren
    humildad e intencion del corazon...!

    Etelvina

    ResponderEliminar

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