"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

8 de abril de 2013

Papa Francisco: "En cada tiempo, y lugar, son bienaventurados aquellos que a través de la Palabra de Dios, proclamada en la Iglesia y testimoniada por los cristianos, creen que Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la Misericordia encarnada. Y esto vale para cada uno de nosotros”

En el domingo que concluye la Octava de Pascua, llamado por Juan Pablo II “de la divina misericordia”, el Papa saludó a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro para rezar el Regina Coeli con las palabras de Jesús resucitado: “Paz a vosotros” y explicó que esa paz iba más allá del saludo o del simple deseo: “Es un don -dijo- el don precioso que Cristo da a sus discípulos, después de haber pasado a través de la muerte y de los infiernos”. Una paz que es “fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal ... y del perdón. La verdadera paz que procede de experimentar la misericordia de Dios”.

 
El Santo Padre habló después de las apariciones de Jesús a sus discípulos encerrados en el Cenáculo. En la primera faltaba Tomás que no cree lo que los apóstoles le cuentan.. En la segunda estaba Tomás, al que Jesús dice después de que éste ha tocado sus heridas: “Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que creen sin haber visto”.

Y, ¿quienes eran los que creían sin haber visto? “- se preguntó el pontífice- Eran “otros hombres y mujeres de Jerusalén que, incluso sin haber encontrado al Resucitado, creyeron en el testimonio de los apóstoles y de las mujeres que lo habían visto. Es un dato muy importante que podríamos llamar “la bienaventuranza de la fe”. En cada tiempo, y lugar, son bienaventurados aquellos que a través de la Palabra de Dios, proclamada en la Iglesia y testimoniada por los cristianos, creen que Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la Misericordia encarnada. Y esto vale para cada uno de nosotros”.

Pero, junto a la paz Jesús dio a sus discípulos el Espíritu Santo, “para que difundieran en el mundo el perdón de los pecados; ese perdón que solo Dios puede dar y que costó la sangre del Hijo. Cristo resucitado dio a la Iglesia el mandato de transmitir a los hombres la remisión de los pecados para que crezca el Reino del amor, para sembrar la paz en los corazones, para que se afirme también en las relaciones, en la sociedad, en las instituciones. Y el Espíritu de Cristo resucitado ahuyenta el miedo del corazón de los apóstoles y les da el valor de salir del Cenáculo para difundir el Evangelio. Tengamos también nosotros el valor de dar testimonio de la fe en Cristo resucitado. ¡No debemos tener miedo de ser cristianos ni de vivir como cristianos”.
 
 
Fuente: VIS - Vatican Information Service

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