"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

17 de noviembre de 2011

Mons. Martorell: "Es falsa humildad no reconocer los dones que el Señor nos ha regalado y es pereza y ociosidad el dejarlos inactivos o dejarlos morir"


Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo Puerto Iguazú, para el XXXIII domingo durante el año (13 de octubre de 2011)
 

La liturgia de este domingo nos lleva a la consideración de la vigilancia cristiana. El Señor volverá en su gloria y no sabemos cuándo, pero sabemos que vendrá y debe encontrarnos con un corazón dispuesto a recibirlo, llenos de fe, de amor y con la esperanza puesta en Él. Y vendrá a preguntarnos sobre el amor. Por eso nuestras vidas, fundadas en Cristo como la razón de nuestra existencia, deben esperar al Señor, practicando el amor de Dios y las virtudes cristianas en todos los órdenes de la vida. Sería más fácil para nosotros si supiéramos cuándo vendría el Señor, de este modo Él podría encontrarnos con el corazón preparado y mientras tanto podríamos vivir inmersos solamente en los valores y placeres del mundo.
 
Si bien no podemos saber en qué momento, cuándo y de qué forma vendrá, tenemos la certeza de que, al final, vendrá (1 Tes. 5, 1-6). El mismo Apóstol san Pablo declara inútil el indagar acerca de cuándo vendrá el “Día del Señor” o sea, cuándo se efectuará el retorno glorioso de Cristo. Llegará de improviso “como un ladrón en la noche”, así lo dice el Señor (Mt. 24, 23). Si bien esto puede aplicarse a la Parusía, también puede decirse del fin de cada una de las personas. Sabemos que vendrá y le corresponde solamente a Dios el cuándo y el cómo. Por lo demás ni siquiera los signos violentos de la naturaleza o de la libertad del hombre, anuncian ni preceden esta llegada del Señor. Todo sucederá en el momento en que el Señor lo disponga según su voluntad. De aquí se sigue la necesidad de orar y vigilar a lo largo de nuestra vida, para que cuando esto suceda nos encuentre el Señor preparados.
 
¿En que debemos poner nuestra confianza entonces? ¿Cuál debe ser el sustento en nuestras vidas? Debemos confiar en los valores de la vida cristiana y la esperanza de que éstos nos conducirán a la gloria de Dios. El que piensa sólo en gozar de la vida como si nunca fuera a morir y sólo busca la paz y la seguridad humana, verá improvisamente sobrevenirle “la ruina”. Quien ha puesto su confianza en las ideas y fuerzas sólo humanas olvidándose de la presencia de Dios en la vida y en la historia, conocerá que todo su afán fue inútil. El que por el contrario -como hijo de la luz- no olvida en su caminar por la tierra que Dios es el Señor de vivos y de muertos y que debemos conducir nuestra vida con este sencillo y gran argumento: que esta vida es transitoria, es etapa previa de la vida terrena y por eso es necesario vela en espera del Señor viviendo aquí sus mandamientos. Quien así vive, no tendrá nada que temer.
 
El libro de los Proverbios compara la virtud de los hombres de la tierra a la de una mujer virtuosa que teme al Señor y contrapone a esta mujer con otra llena de hermosura y superficialidad, expuestas a la caducidad, mientras que sólo la virtud es el fundamento de la verdadera felicidad y objeto de alabanza a Dios. El virtuoso merecerá al fin de su vida, oír el elogio de Jesús: “bien siervo fiel, (…), pasa al banquete de tu Señor” (Mt. 25,21).
 
Este siervo fiel, dice el Evangelio, no derrocha su vida en pasatiempos vanos o en la ociosidad, sino que multiplica con amor inteligente los dones (talentos) recibidos de Dios. Cada uno de nosotros recibe dones que debemos trabajar con inteligencia y -sometidos a la gracia de Dios- multiplicarlos en la vida y hacerlos crecer. Entre ellos el don de la vida, a la que debemos proteger y cuidar, la capacidad de entender y querer, de amar y de obrar, la gracia, la caridad, y las virtudes que vienen de lo alto: la fe, la esperanza y el amor de Dios y el llamado personal de Dios a su servicio. A cada uno Dios otorga lo que necesitamos vivir para construir el mundo y salvarnos. No nos toca medir lo poco o lo mucho que cada uno ha recibido, sino hacerlos fructificar con inteligencia y libertad. Es falsa humildad no reconocer los dones que el Señor nos ha regalado y es pereza y ociosidad el dejarlos inactivos o dejarlos morir.
 
Es por eso que a quienes trabajan esos talentos -como dones de Dios y en la espera de Dios- el Señor los compensará ya en esta tierra y los invitará a pasar a su banquete eterno, a la comunión en su vida y felicidad eternas. Pidamos a María, nuestra madre, nos asista en una espera fructífera del Señor.
 
Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú
 
Fuente: AICA

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