"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

10 de julio de 2011

Domingo XV del tiempo ordinario. Ciclo A




Isaías 55, 10-11
SR 65 (64), 10-14
Romanos 8, 18-23
Mateo 13, 1-23
 

Toda la Liturgia de la Palabra de este domingo es una invitación a una justa relación con la Palabra, con el Verbo hecho carne. La comparación que hace el profeta Isaías en la narración de la lluvia y de la nieve que bajan para fecundar la tierra para que de buenos frutos, es el anuncio profético de la acción Divina en la historia: “así sucede con la palabra que sale de mi boca”, dice Dios.
 
La Palabra es enviada para que obre y cumpla lo que esta en el corazón de Dios, no es simplemente una palabra dicha, sino más bien es una Palabra que dona vida para que viva. Los dos verbos “obrar” y “cumplir”, corresponden en la comparación de la lluvia y de la nieve a los verbos: “empapar” y “germinar”.
 
Es siempre un deber preguntarse: ¿Qué cosa es esta palabra de Dios?, ¿Qué cosa es para mi y para nuestra vida? No es una palabra simplemente pronunciada, si no generada por Dios mismo; es una palabra para  encontrar en la vida; no es simplemente un libro para leer, si no una Persona con la cual aprender progresivamente pero realmente a vivir.
 
Es Cristo Señor la Palabra de Dios. Es la Palabra que obra y cumple todas las cosas: «La Palabra divina, por tanto, se expresa a lo largo de toda la historia de la salvación, y llega a su plenitud en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios» (Ex. Apost. Verbum Domini, n. 7).
 
Podemos entonces leer en esta óptica la parábola del sembrador, según  la cual,  la semilla da  fruto según el terreno que la recibe. Si es Cristo la Palabra por recibir, entonces es el corazón del hombre aquel terreno a veces  fértil, a veces árido o pedregoso, que siendo inundado por Su presencia, es llamado constantemente a transformarse.
 
Lo que la presencia de Jesús “cumple” en el corazón del hombre, está en constante relación con el grande misterio de la libertad creada. Es una tarea en la medida con la cual el hombre vive la profundidad de la vida.
 
El Papa Benedicto XVI afirma que: «Es precisamente mirándonos a nosotros mismos con verdad, con sinceridad y con valentía como intuimos la belleza, pero también la precariedad de la vida y sentimos una insatisfacción, una inquietud que ninguna realidad concreta logra colmar. Con frecuencia, al final todas las promesas se muestran insuficientes.
 
Queridos amigos, los invito a tomar conciencia de esta sana y positiva inquietud; a no tener miedo de plantearse las preguntas fundamentales sobre el sentido y sobre el valor de la vida. No se queden en las respuestas parciales, inmediatas, ciertamente más fáciles en un primer momento y más cómodas, que pueden dar algunos ratos de felicidad, de exaltación, de embriaguez, pero que no los llevan a la verdadera alegría de vivir, la que nace de quien construye —como dice Jesús— no sobre arena, sino sobre sólida roca» (encuentro con los jóvenes de la diócesis de San Marino-Montefeltro 19 de Junio de 2011).
 
Invoquemos con mucha fe a la Beata Virgen María, custodia de la Palabra y ejemplo sublime del más real recibimiento del Verbo en la propia existencia, que ningún otra creatura haya jamás realizado, para que nos guíe a ser “terreno fértil”, continuamente, capaces de sorprendernos de frente al divino Sembrador, que, enamorado de sus creaturas, no se contiene, si no que confía y espera con fe el esfuerzo de nuestra frágil libertad.
 
Fuente: Congregatio pro Clericis

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