"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

29 de mayo de 2011

VI Domingo de Pascua. Ciclo A



Hechos 8, 5-8.14-17
Salmo 66 (65 en el Leccionario), 1-3ª.4-7ª.16.20
I Pedro 3, 15-18
Juan 14, 15-21


Las lecturas de este sexto domingo de Pascua nos permiten proponer algunas consideraciones sobre la “vida cristiana” en la que también nosotros, como discípulos del Resucitado, estamos llamados a “permanecer” (cfr. Jn 14,16).
 
El texto de los Hechos de los Apóstoles nos sugiere sobre todo de “poner atención a las palabras” que la Iglesia nos anuncia, siendo este el primer paso necesario para entrar y formar parte del cuerpo místico de Cristo: es una acción que implica, como luego se especifica, no sólo la “escucha”, sino sobre todo la vista de los “signos” que hacen evidente el contenido del mensaje cristiano (cfr. Hch 8,6). Se trata por lo tanto de una “puerta”, que pasada una vez para siempre mediante el Bautismo, tiene la necesidad de ser atravesada cada día, en el “descubrimiento” de que cosa signifique verdaderamente ser discípulo.
 
Es por esto, que Pedro y Juan, como hemos escuchado, deciden  dirigirse a Samaría para imponer las manos a los discípulos de Felipe, con el fin de que recibieran el Espíritu Santo (cfr. Hch 8,17), y por lo tanto la fuerza que por si sola puede hacer capaz al hombre de “dar el grande anuncio” y de “hacerlo llegar a los confines del mundo”, como nos invita Isaías en la antífona de ingreso (cfr. Is 48,20).
 
Las palabras del profeta nos introducen, también, a otro elemento esencial para que la existencia de un hombre pueda ser reconocida como “vida cristiana”.
 
El Apóstol Pedro lo indica cuando afirma que debemos estar «siempre dispuestos a responder delante de cualquiera que pida razón de la esperanza» que está en nosotros (I P 3,15) «con suavidad y respeto» (I P 3,16).
 
El uso de términos como “necesidad”  y “deber”, usados hasta este momento, necesita a este punto una explicación: el cristianismo no es una aplicación de una moral del deber; el Cristianismo es más bien la comunión de aquellos que están enamorados de Cristo: y permanecen en su amor, “observando sus mandamientos” (cfr. Jn 14,21) que el creyente se da cuenta de cumplir actos que de otro modo sería inexplicable, humanamente hablando.
 
El cristiano, lo entendemos muy bien con la lectura del Evangelio, no es un hombre que debe esforzarse por poner en práctica preceptos o comportamientos devotos: si uno ama, entonces, es orientado naturalmente a vivir como Jesús nos ha indicado. Descubrir el propio Bautismo, a través de la guía del Espíritu de verdad, significa por lo tanto, tratar de conocer cada día un poco más la vida de Jesús – a través de la lectura, la oración, los sacramentos, la vida de comunidad –, para que sea más fácil enamorarse de Él.
 
De todo el recorrido propuesto hasta ahora, por lo tanto, emerge, que ninguna objeción a tal “vida” es real, ni siquiera el hecho de que Jesús no se pueda ver en carne y hueso.
 
Y es todavía el Evangelio de Juan que nos lo hace entender: «Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán» (Jn 14,19). La alternativa entre “ustedes” y el “mundo” no corresponde a una división de tipo moral o étnica: se trata más bien, de una alternativa que alberga en el corazón de cada uno de nosotros.
 
Si seguimos, entonces, la mentalidad del mundo, no lograremos nunca ver al Resucitado; pero si iniciamos a confiar en la Iglesia, nuestra madre, y a escuchar lo que ella  nos enseña y nos sugiere, entonces descubriremos que en verdad el Señor se ve y es una Presencia tan esencial y real que suscita en nosotros una fascinación irresistible, el único y verdadero motor de la “vida cristiana”.
 
Fuente: Congregatio pro Clericis

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