"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

15 de mayo de 2011

IV Domingo de Pascua. Ciclo A



Hechos 2, 14ª. 36-41
Salmo 23 (22), 1-6
I Pedro 2, 20b-25
Juan 10, 1-10

Después de los grandes Evangelios de la Resurrección, con una visión  superficial,  podría parecer extraño el hecho que la Iglesia hoy nos proponga un pasaje del Evangelio de san Juan que describe a Jesús mientras le habla a sus Discípulos, antes de los eventos pascuales.
En realidad, la perspectiva a través de  la cual  se desenvuelven los textos ahora escuchados, es totalmente empapado de la profundidad del Resucitado que es presentado no solo como el “Buen Pastor” (cfr. Canto al Evangelio), sino, sobre todo como la “puerta”: «yo soy la puerta de las ovejas» a través de la cual cada uno de nosotros «será salvado» (Jn 10, 7-9).
En este sentido, se puede idealmente reconocer, en la perícopa Evangélica, un tipo de respuesta a la pregunta que «toda la casa de Israel» hace a los Apóstoles, después de que ellos habían predicado del Señor crucificado: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?». (Hch 2, 37). A retrospectiva, esta es precisamente una de aquellas preguntas que cada hombre, tarde o temprano, se hace en el transcurso de la propia vida; detrás del grito del hombre que reconoce la propia miseria, se esconde, de hecho, el deseo de alcanzar la felicidad. La pregunta referida por los habitantes de Jerusalén, por lo tanto, resuena todavía en el mundo contemporáneo de este modo: ¿cómo puedo ser feliz?
Y la respuesta del Señor, a través de la alternativa entre “guardián” o “ladrón”, no deja espacio a alguna confución; para poder ser felices, para poder “encontrar pasto”, para no tener temor de la voz desconocida, la única posibilidad consiste “en entrar a través de Él” (cfr. Jn 10, 9). Lo que el discípulo debe hacer, por lo tanto, es simplemente atravesar su Cuerpo, que es la Iglesia, para que como nos dice san Pedro en su primera carta, «muertos al pecado,  vivamos para la justicia» (I P 2, 24).
Esta puerta, por otra parte, no es como alternativa a nuestra libertad, si más bien la aumenta; primero porque Él nos dice que «el que entra por mí se salvará», pero además, porque por esta puerta cada uno de nosotros «podrá entrar y salir» (Jn 10,9); Y saliendo, encontrará su mirada amorosa lista para estar siempre “de frente” a nosotros (cfr. Jn 10,4).
A este punto, se hace más clara la estrecha relación entre el Evangelio del día y el periodo pascual en el cual estamos viviendo; El Resucitado, de hecho, es el modelo del único y verdadero buen pastor, Aquel que conoce a todos por nombre, o sea, en la más profunda intimidad y el único del cual podemos escuchar su voz, el sonido tan familiar que nos hace vibrar el corazón. Él, habiendo clavado nuestro pecado en el madero de la Cruz (cfr. I P. 2, 24), tiene un solo deseo: “conducirnos a las aguas tranquilas”, “dar conforto al alma”, “llevarnos a vivir con Él” (cfr. Sal 23, 2-6); pero sobre todo, hacer, que a través de la fascinación de la “santa envidia” que sienten aquellos que se encuentran “fuera del rebaño”, se agreguen también hoy, siempre más personas al número de aquellos que, a pesar de no vivir todavía en el grande jardín del Paraíso, pero han entrado ya en su Cuerpo, o sea, en los pastos de su Iglesia.
Fuente: Congregatio pro Clericis

1 comentario:

  1. Anónimo15.5.11

    Mauricio la ilustracion no pudo ser mejor, la misma me inspira muchas cosas. El, es puerta,
    camino y meta...pero solo dejo aqui una estrofa
    de una poesia mia, que dice...................
    Gracias mi Buen Pastor
    de no haber sido asi
    de no amarme Tu tanto
    que hubiera sido de mi.!
    ETELVINA

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