"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

8 de mayo de 2011

III Domingo de Pascua. Ciclo A

Hechos 2,14. 22-33
Salmo 15, 1-2ª. 5-7-11
I Pedro 1, 17-21
Lucas 24, 13-35


El primer día de la semana, después de la gran fiesta  de los Judíos, Jerusalén intenta regresar a asumir el aspecto de siempre, mientras los comerciantes cuentan las muchas ganancias, los sacerdotes  del Templo se pueden sentir más que satisfechos – porque han logrado condenar a muerte al “Galileo” – y para los discípulos,  pero en general, para aquellos que eran “forasteros”, se trata de regresar a la propia casa, a la propia vida.

Cerrado el telón y apagadas las luces, no tanto sobre las solemnes celebraciones de Jerusalén, sino en cuanto a aquel hombre que todos esperaban «que sería Él el que iba a librar a Israel» (Lc 24,21), los dos discípulos de Emaús, se encuentran a lo largo del viaje, hablando con “Jesús en persona”: «Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran» (Lc 24,16).

¿Pero, por qué el Señor no ha dicho rápido quien era Él en realidad?. De hecho, en el diálogo que la Liturgia nos propone hoy, casi parece que Jesús haga todo lo posible por no revelar su propia identidad, primero haciendo finta de no saber de qué cosa Cleofás y su compañero estaban discutiendo, después, explicando «a ellos en todas las escrituras, lo que se refería a Él» (Lc 24,27),  pero sin hacer referencia directa a la propia persona.
Por último «hizo ademán de seguir adelante» (Lc 24,28); Jesús no quiere jugar con sus discípulos, sino que está tratando de educar su –y nuestro– corazón, a fin de que no sea “lento”. El corazón, de hecho, cuando nos encontramos de frente a su Presencia, es veloz, “arde” por escuchar su palabra  conociendo el hecho de que «no con bienes corruptibles» hemos sido rescatados «sino con la sangre preciosa de Cristo» Él que es  Cordero «sin mancha y sin defecto» (cfr. I P 1,19).

Cuanta delicadeza usa con nosotros el Resucitado. No nos obliga a “creer”, sino que nos ofrece los instrumentos para que podamos llegar a juzgar, en base a la medida infalible de nuestro corazón, si bien es cierto aquello que de manera extraordinaria san Agustín puso al inicio de las Confesiones: «Mi corazon esta inquieto, hasta que no reposa en Ti».

Pero hay, todavía, otro particular que llama nuestra atención y suscita muchas preguntas: ¿porqué a un cierto punto, mientras los discípulos se encuentran a la mesa con Jesús, los ojos se les abren y lo reconocen? Es innegable el contexto Eucarístico: los discípulos están en la mesa; está el Señor con ellos; se toma el pan; se dice la oración de bendición; se parte el pan. Es con este último gesto que los compañeros de Jesús lo reconocen: no solo por la acción en sí, sino más bien porque  Cleofás y su amigo pudieron poner los ojos en aquellas manos, perforadas por los clavos de la pasión, que hasta aquél momento debieron haber permanecido cubiertas por el amplio vestido que usaban durante los largos trayectos.

Es ese el momento  en el cual reconocen de estar a la presencia del Crucificado, pero, Él “desaparece de su vista” – con su cuerpo glorificado –  (cfr. 24,31), mientras que los ojos de los discípulos permanecen fijos en aquel pan partido que  es dejado caer  “sobre el altar”. ¿No es esta, la misma experiencia que cada uno de nosotros puede hacer en cada celebración Eucarística?

Y así, «en ese mismo momento se pusieron en camino» (Lc 24,33); llegar a comprender que la muerte no es la última palabra en la vida de cada uno de nosotros, porque no es posible que esta nos “tenga en su poder” (cfr. Hechos 2,24), es el inicio de una esperanza grande, que hace nuestra alegría incontenible;  y en cuanto al camino hacia Jerusalén  –el camino de cada uno de nosotros– que parecía, muchas veces largo y cansado, ahora, parecía a sus ojos como la condición privilegiada para poder decir a todo el mundo «verdaderamente el Señor ha resucitado» (cfr. Lc 24,34).

Fuente: Congregatio pro Clericis

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