"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

19 de mayo de 2011

El celibato es el signo por excelencia de la transformación obrada por la gracia divina y la propia libertad, que requiere normalidad natural, serena autoposesión de sí, vigor sobrenatural de las virtudes y la capacidad conquistada de amar con el corazón del Señor



Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de admisión de candidatos a las Sagradas Órdenes (Iglesia del Seminario, 15 de mayo de 2011)
 


Este año, el evangelio del cuarto domingo de Pascua (Jn 10, 1-10) se inicia con un discurso enigmático pronunciado por Jesús. No es una simple parábola, fácil de entender, sino una comparación que oculta en sus símbolos un significado misterioso. De hecho, el evangelista anota que los oyentes no comprendieron lo que Jesús les quería decir, y por eso mismo, la continuación del discurso procurará interpretar y esclarecer las imágenes empleadas. La comparación contrapone dos personajes: el pastor de las ovejas y el ladrón o asaltante. El primero entra por la puerta en el corral, llama por su nombre a las ovejas, que reconocen su voz y lo siguen; el pastor las hace salir y las conduce a pastar. El salteador es un intruso que trepa por otro lado y a quien las ovejas, que no lo conocen, no pueden seguir. Según se desprende de una lectura de los capítulos precedentes del Cuarto Evangelio, Jesús propuso ese enigma en las cercanías del templo, en una de las jornadas finales de la fiesta de los tabernáculos, o durante la fiesta de la dedicación que la seguía. Con sus palabras el Señor quiso manifestar veladamente el sentido de su misión, en contraste con la institución judía y sus representantes; quizá también contraponiendo su propia figura mesiánica a la de los falsos mesías y al movimiento revolucionario de los zelotes. Él es el pastor auténtico; como lo dirá más adelante, es el buen Pastor.
 
Lo que llama la atención es que para iniciar el segundo momento de su revelación, el aclaratorio, Jesús se presenta como la puerta de las ovejas; el pastor, entonces, se identifica con la puerta del corral. Las imágenes corresponden a la economía pastoril del medio oriente antiguo. El corral, aprisco o redil era un espacio limitado por una cerca de piedras amontonadas; daba acceso a él una estrecha abertura en la cual solía recostarse, haciendo las veces de puerta, un guardián mercenario o uno de los pastores. Jesús es el buen Pastor que llama a sus discípulos y los saca del viejo redil del judaísmo para constituir el gran rebaño universal que es la Iglesia. Pero él es también la puerta, es decir, el mediador que da acceso a la salvación; el que entre y salga por él –la metáfora es un semitismo que expresa una totalidad- lo tendrá todo. Como puerta de las ovejas, Jesús es asimismo el nuevo recinto, el nuevo templo, el ambiente vital; la salvación consiste en la comunión con él. Yo he venido –nos dice- para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia (Jn. 10, 10). Pero él es la Vida. Otro rasgo muy bello de la alegoría es la referencia al alimento que a las ovejas les procura el pastor. El término griego empleado en el Evangelio es nomē, que significa los pastos, la hierba, el forraje con que se apacienta el ganado. La transposición espiritual o traslado a lo divino es tradicional: los pastos representan la doctrina de la verdad, la gracia, la conciencia pura y devota en esta vida y la gloria, el gozo de la contemplación en la eternidad. San Gregorio Magno lo expresaba así: ¿Cuál es el pasto de estas ovejas, sino el gozo íntimo de un paraíso siempre lozano? El pasto de los elegidos es la presencia del rostro de Dios que al ser contemplado ya sin obstáculo alguno, sacia para siempre al espíritu con el alimento de vida. Tal es la vida a la que nos da acceso la Puerta; de esa vida nos nutre el Pastor.
 
Desde hace casi medio siglo la Iglesia celebra este domingo como una Jornada de Oración por las Vocaciones; nos ofrece así un contexto litúrgico y espiritual para meditar con reconocimiento y gozo sobre el llamado que, en todo el mundo, Dios dirige a muchos hombres y mujeres para que se consagren a él y al servicio de la Iglesia. Ese llamado es un don, siempre inmerecido y providencial, una invitación apremiante al seguimiento más estrecho de Cristo, una gracia nueva de discipulado y de misión. Para nosotros, en la arquidiócesis, es la circunstancia oportuna para admitir, mediante el rito establecido por la Iglesia, candidatos a las sagradas órdenes. Los aspirantes que hoy son admitidos representan dos categorías del ministerio eclesial: jóvenes seminaristas que vienen preparándose desde hace varios años –y que continuarán haciéndolo con mayor empeño- para recibir un día la ordenación sacerdotal y hombres casados, padres de familia, que desean consagrarse al ejercicio del diaconado.
 
Ustedes, queridos jóvenes, han experimentado el llamado de Jesús y han respondido a él ingresando al seminario. Estoy seguro de que ya habrán comprendido que la gracia de la vocación incluye un dinamismo exigente. En realidad, el llamado se renueva cada día, y cada día es menester renovar la respuesta. El Santo Padre Benedicto XVI, en el mensaje que dirigió a toda la Iglesia para la jornada de hoy, nos recuerda que Jesús, a los que ha llamado a su seguimiento, los invita a salir de la propia voluntad cerrada en sí mima, de su idea de autorrealización, para sumergirse en otra voluntad, la de Dios, y dejarse guiar por ella. Se trata de un difícil y a la vez exaltante proceso de transformación, de un fenómeno íntimamente personal que traza el itinerario profundo de la formación seminarística, la cual no se reduce al cumplimiento curricular de los requisitos académicos. El tiempo de la formación es el tiempo de la transformación: es preciso identificar los defectos principales de la propia personalidad, tanto en el orden psicológico como en el moral, y las resistencias, por más pequeñas que sean, a la acción santificadora del Espíritu del Señor. Esta tarea no es pura y primariamente autorreferencial, no se clausura en la instrospección; el verdadero conocimiento de ustedes mismos lo adquirirán mirándose en el espejo de Jesús. Cito otra vez a Benedicto XVI: El seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos, quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya. Conformar la propia voluntad con la de Jesús, es decir, sumergirse en la voluntad de Dios. En estas expresiones se manifiesta la dimensión subjetiva de la consagración: el don sacramental del sacerdocio al cual ustedes aspiran requiere en el sujeto receptor esa disposición religiosa a ser todo de Dios, de Cristo, de la Iglesia. El sacerdote, decía el Cardenal de Bérulle, es un religioso de Dios; ahora bien, se llega a serlo mediante una generosa transformación personal que es obra de la gracia divina y de la propia libertad. El celibato es el signo por excelencia de aquella disposición, que requiere normalidad natural, serena autoposesión de sí, vigor sobrenatural de las virtudes y especialmente la capacidad conquistada de amar con el Corazón del Señor. Reclínense desde ahora, cada vez más, en su Corazón.
 
Ahora me dirijo a ustedes, candidatos al diaconado permanente. En ustedes pensaba al leer, días pasados, el ya mencionado mensaje del Santo Padre para la jornada que hoy celebramos. Me detuve en esta frase: El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado. En efecto, ustedes aspiran a compartir la diaconía del Señor, por inspiración suya. La Iglesia, a quien compete incorporarlos a esa diaconía, tiene que evaluar prudencialmente sus capacidades objetivas y sus disposiciones subjetivas tomándose el tiempo necesario, sin precipitación alguna. El llamado les ha sido dirigido en la adultez, y coincide con una nueva intención de ustedes, que poseen una arraigada experiencia de inserción en comunidades parroquiales y de servicio en ellas; intención de consagrarse al ministerio del diaconado como miembros del clero de la arquidiócesis en virtud del sacramento del Orden. La tradición eclesial nos provee de testimonios elocuentes y bellísimos acerca del valor espiritual y ministerial del diaconado; tales testimonios invitan a apreciar con veneración lo que significa el diácono en la estructura sacramental de la Iglesia y en su misión. No se puede aspirar a serlo viendo en ello una especie de coronación de una carrera laical; el diaconado, dignidad a la vez noble y humilde, tarea empeñosa y exigente, sólo puede ser deseado –al igual que los otros ministerios eclesiales- con temor y temblor. El oficio de la predicación que se confía al diácono reclama una preparación permanente de estudio y oración y sobre todo una fidelidad irrestricta al magisterio de la Iglesia. Las funciones litúrgicas que debe desempeñar piden del diácono un profundo sentido de las realidades sagradas y auténtico espíritu sobrenatural. En otro orden de cualidades, el apóstol Pablo exige a los hombres casados que aspiran a ser diáconos que gobiernen bien a sus hijos y su propia casa (1 Tim 3, 12). La castidad conyugal y el amor vivido en el seno de la familia será para los diáconos, para ustedes, incentivo de la caridad pastoral.
 
La bendición que recibirán ahora unos y otros, queridos hijos, es un estímulo a la perseverancia en la vocación y a la generosidad en la respuesta al don de Dios. Fijemos la mirada de la fe en Jesús Resucitado, Puerta y Pastor de las ovejas; él quiere que los ministros de la Iglesia participen de su misión y sean también puertas y pastores de los hombres y mujeres de hoy, a los que a través del ministerio eclesial conduce hacia los pastos de la salvación. Contemplándolo a él nos comprometemos a orar y trabajar para que surjan en nuestra arquidiócesis numerosas vocaciones al sacerdocio, al diaconado y a otras formas de especial consagración. Concluyo esta catequesis con las palabras con que Benedicto XVI cierra su mensaje para la presente jornada: La capacidad de cultivar las vocaciones es un signo característico de la vitalidad de una Iglesia local. Invocamos con confianza e insistencia la ayuda de la Virgen María, para que, con el ejemplo de su acogida al plan divino de la salvación y con su eficaz intercesión, se pueda difundir en el interior de cada comunidad la disponibilidad a decir “sí” al Señor, que llama siempre a nuevos trabajadores para su mies.
 
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
 
Fuente: AICA

1 comentario:

  1. Anónimo20.5.11

    Totalmente de acuerdo con el titulo de esta homi-
    lia. Si bien son temas que no me gustan comentar,
    debido a acontecimientos que han ennegrecido a la
    Iglesia y a la vida sacerdotal, solo voy a decir
    que ser "Verdadero Sacerdote", es una total dona-
    cion de si, de aquellos que han sido llamados a
    esa Vocacion, en todo y para todo...!
    ETELVINA

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